Carlos Losilla

Por mucho que nos neguemos a aceptarlo, Arrebato (1979), la película mítica de Iván Zulueta, sigue siendo una desconocida. Son tantos sus misterios, tanta la cantidad de contradicciones que contiene, tantos los mundos que habita, que irremediablemente, cada vez que la vemos, no hacemos otra cosa que seguir perdiéndonos en sus pliegues, en sus agujeros negros. No es retórica: es un hecho objetivo. Por eso se agradece, de entrada, que El último arrebato, el debut en el largometraje de Marta Medina y Enrique Lavigne, no sea un documental sobre Arrebato, sino una ficción que muestra a unos cuantos personajes perdidos en la película original. Y se sigue agradeciendo que finalmente no sea tampoco una ficción, sino un documental sobre cómo esa película puede seguir ejerciendo ese poder sobre nosotros. Lo explican algunos personajes que tuvieron que ver con su concepción y su rodaje, incluso otros que luego la estudiaron y la analizaron. ¿Qué ocurre, entonces? ¿Hacia dónde nos lleva El último arrebato? Yo diría que a ninguna parte, y esa es su mayor virtud. Hacer cine sobre el cine no debería ser explicar, sino plantear más y más preguntas.

Por supuesto, eso se puede interpretar diciendo que el film carece de rumbo, que no sabe qué decir, que el documental cojea y la ficción roza el ridículo. Pero es que uno se come a la otra y viceversa, y el resultado es un vacío que sigue atrayendo como un abismo oscuro. De hecho, El último arrebato es una película sobre el pasado y cómo puede encerrarnos para siempre en sus oscuras mazmorras. Y en ese punto la presencia de Jaime Chávarri es fundamental. A Chávarri casi no se le identifica con Arrebato, más allá de que prestara una localización y fuera el confidente de Zulueta, como lo fue también durante el resto de su vida. Y sin embargo El último arrebato es también un film sobre la obsesión de Chávarri, sobre el sentimiento de culpa de Chávarri, hasta el punto de que todo esto acaba explicando igualmente su filmografía, o por lo menos parte de ella. ¿Se puede entender Arrebato sin El río de oro, la película que Chávarri rodó años después en la misma finca familiar? ¿Y sin Los viajes escolares, también filmada allí un tiempo antes, donde Bruce Robinson interpreta a un émulo de Eusebio Poncela y Will More avant la lettre? ¿Es una casualidad que Chávarri conste como coproductor y coguionista de El último arrebato? En este punto, el film de Medina y Lavigne se convierte, quizá involuntariamente, en una reflexión sobre el legado de Zulueta: el cine español no supo gestionar su herencia no porque ignorara sus hallazgos, su modernidad, sino al revés, porque nunca ha podido sacarse de encima su ominosa presencia, nunca la ha olvidado.