Cristina Aparicio

Muchas escenas de As We Breathe terminan con un primer plano de Esma, la joven de diez años protagonista de esta historia. Se trata de un recurso que funciona como un leitmotiv, un ancla, un lugar al que se aferra el relato y que conduce una y otra vez hasta la niña. A veces sucede incluso de forma inesperada: durante una larga conversación que mantienen los adultos, en lo que parecía ser un entorno privado, el último plano muestra que Esma ha estado allí todo el tiempo. Así, a caballo entre dos mundos –el que habitan los niños y el reservado para los mayores–, es como vive esta joven en pleno proceso de madurez. Poco a poco, de la misma forma en que se produce el paso entre etapas madurativas, As We Breathe va conquistando su estatus de coming of age, otorgándole paulatinamente el protagonismo a esta pequeña que, desde el principio, ya se ha ido apoderando del relato. Dentro del plano, Esma se convierte en el punto de fuga de la imagen, algo que es a la vez tan sutil como abrupto: los cortes a negro de los primeros planos de la niña que apuntalan el relato ya revelan la naturaleza subterránea e incierta que encierra la narración.

De fondo, el incendio perpetuo que no cesa y que se hace evidente a través de numerosos elementos visuales: las mascarillas, las cenizas en el aire, el cielo anaranjado y, sobre todo, el sonido de las llamas. Un escenario casi apocalíptico, un infierno del que es imposible escapar, es la metáfora perfecta con la que describir el paso a la edad adulta.