Àngel Quintana
Uno de los males endémicos del nuevo cine estadounidense de los últimos años es el exceso. Hay una estética del exceso que viene determinada por ciertos presupuestos hinchados, por la necesidad de luchar contra la estética de la serialidad televisiva y por el interés de romper con ese cine que exploraba los límites de la postmodernidad para convertir el relato en una parábola. Había exceso en los recovecos de la trama de Babylon (2022), de Damian Chazelle, en la falsa grandilocuencia de The Brutalist (2024), de Brady Corbet, y en los relatos que se desplazaban hacia el trip psicoanalítico de Beau tiene miedo (2021), la película anterior de Ari Aster, rodada después de la memorable Midsommar (2019). Su último trabajo, Eddington, es una película que habla del caos de Estados Unidos, tomando el caos como opción estilística. Pero también es una película que se alza en paradigma del caos que azota a cierto cine estadounidense que no acaba de encontrar un rumbo después de la crisis de lo postmoderno. La sensación de desorganización y desequilibrio son sus principales defectos, pero también pueden llegar a ser sus principales virtudes. La lógica parece contradictoria, pero en Eddington todo es desconcierto, como lo es la política estadounidense actual.
Ari Aster sitúa su fábula en un lugar ficticio de Nuevo México, durante el mes de mayo de 2020. En aquel mes de mayo, la población de muchos lugares del mundo estaba confinada, pero en Estados Unidos, Trump jugaba con cierto negacionismo. Ese mismo mes de mayo empezaron las protestas por la muerte de George Floyd a manos de la policía, hecho que dio una gran fuerza al movimiento Black Lives Matter. El gobierno había decretado el uso de la mascarilla, pero en el corazón de la ‘América’ profunda algunos sectores consideraban la medida inútil, como el sheriff de Eddington, que rechaza las medidas decretadas por el alcalde. Algunos filósofos consideran que la pandemia y la respuesta autoritaria llevada a cabo por los diferentes gobiernos, abrió la humanidad hacia una nueva era en la que lo impensable puede llegar a producirse en algún momento. Ari Aster parece partir de esta premisa para contarnos la disputa como si fuera un duelo entre el sheriff negacionista y el alcalde que cree en la importancia de los protocolos para evitar el contagio. La disputa política empieza a complicarse cuando tras la lucha por una mascarilla aparecen las desigualdades sociales, las protestas antirracistas por el asesinato de George Floyd, estalla la violencia policial contra los negros y los latinos, aumentan las manifestaciones antifascistas y, en medio de todo esto, se producen los escándalos de abusos sexuales, la crisis de la verdad, el populismo informativo y el uso de las armas de fuego. Eddington parece querernos hablar de esa guerra civil latente que estaba en el corazón de Estados Unidos y cuya última consecuencia fue el asalto del Capitolio.
La población de Eddington parece un compendio de todas las tensiones acumuladas al final de la primera época Trump. Es la crónica de un momento político en el que todo podía estallar, y Ari Aster se lo toma de forma literal para provocar el estadillo de todo un mundo. El viejo polvorín del oeste se ha convertido en pleno siglo XXI en un campo de batalla infernal. Una vez terminada la batalla, entre las ruinas del paisaje devastado surgen nuevas empresas tecnológicas, nuevas energéticas, nuevos sistemas de poder. La vieja ‘América’ ha acabado autoinmolándose y Ari Aster parece querer levantar acta simbólica de todos los peligros que comporta la destrucción.
Carlos F. Heredero
Fábula distópica en formato de farsa política, metáfora existencial sobre los Estados Unidos de la COVID-19 y western contemporáneo (a medio camino entre No es país para viejos de los hermanos Coen y el nihilismo existencial de Quiero la cabeza de Alfredo García, de Peckinpah, pero sin la nobleza de esta última), el problema evidente de la nueva realización de Ari Aster es que, efectivamente, mezcla demasiadas cosas. Pueden anotarlas una tras otra: la posverdad y los bulos de los negacionistas, la polémica por las mascarillas, las teorías conspirativas, los intereses depredadores y criminales de las grandes tecnológicas bajo la coartada ecologista promotora de empleo sostenible, el racismo endémico, la pasión por las armas, las protestas por el asesinato de George Floyd, el Black Lives Matter y Antifa, la dialéctica entre las autoridades locales y las comunidades indígenas, las desigualdades sociales y los abusos sexuales… Todo ello metido en una batidora de inequívoco mestizaje postmoderno y descreído hasta hacer saltar por los aires toda posible certeza moral…
El escepticismo distante llega al paroxismo cínico cuando, ya casi al final, la cita de El joven Lincoln (John Ford) parece querer contrastar aquella ‘América’ idílica con el país escindido y al borde de una desquiciada guerra civil al que parece apuntar la metáfora simbólica implícita en la representación espasmódica de un pequeño villorrio imaginario de Nuevo México durante el año 2020, toda ella atravesada por una inestabilidad de registros (de la farsa paródica a la simbología descarnada, del patetismo a la crueldad, del cinismo a la autocondescendencia) que no abandona nunca a la narración. Como andamiaje narrativo, el enfrentamiento entre el sheriff local (una memorable composición de Joaquin Phoenix, que domina como nadie las transiciones entre diferentes tonalidades) y el alcalde del pueblo (un difuminado y muy limitado Pedro Pascal) se dispersa de manera intermitente para enlazar con la descontrolada diversidad temática antes enunciada, sin que la película llegue a encontrar nunca el camino que parece estar buscando durante todo el metraje, suponiendo, por otra parte, que esa misma búsqueda no sea quizás uno de los posibles desafíos conscientemente abrazados por un film de humor incómodo y esquivo donde los haya, y que nunca termina de casarse ni con unos ni con otros dentro de su atrabiliaria y, por otra parte, bastante desdibujada galería de personajes, más allá de los dos protagonistas. Lo que queda, en cualquier caso, es una desoladora parábola distópica de un país desquiciado que parece haber sacado a pasear todos sus fantasmas más venenosos y perturbadores, incluidos el supremacismo blanco y el enquistado enfrentamiento racial.








