La gran cortina de terciopelo rojo se cierra para siempre. Con esta imagen y con el impacto y la tristeza aún instalados, despedimos a David Lynch a través de un texto de Daniel Pérez Pamies, escrito in extremis (la muerte del cineasta nos sorprendió a punto de enviar este número a imprenta), como emocionante y profundo homenaje a una figura clave de la Historia del Cine. Sobre él volveremos en el próximo número, pero su heterodoxia, su capacidad para el asombro y su atrevimiento para jugar sin prejuicios con lo real y plantear una reflexión extrañada y escindida en torno al artificio, a la doblez, a lo postizo y, en definitiva, a lo inasible, nos permite reivindicarlo aquí como un visionario, un avanzado a su tiempo, que nos abre la puerta al que es uno de los grandes temas de reflexión que proponemos este mes. Llevábamos tiempo buscando el modo de abordar este asunto esquivo, complejo, polémico y apasionante a partes iguales, que es el de la inteligencia artificial y su influencia y repercusión en el territorio de la imagen y la creación cinematográfica. Y ha coincidido que lo hacemos ahora que se impone, trágicamente, el recuerdo de Lynch, uno de los cineastas que mejor supo acoger la llegada de otra revolución tecnológica como fue la del digital. Una nueva técnica que, como ahora la IA, generó desconcierto, temor y polémica, y que sin embargo para él fue una inspiradora oportunidad de exploración e inventiva. Lo demostró en Inland Empire (2006) a través de una pregunta esencial que sigue estando hoy, con respecto a la IA, en el centro del debate: ¿será posible borrar definitivamente la frontera entre la verdad (si es que esta existe) y la mentira, entre lo real (sea esto lo que sea) y el artificio? En la era de la posverdad y las fakenews, ahora que se ha demostrado, por ejemplo, que el empleo de la IA como herramienta generadora de desinformación durante la campaña a las presidenciales en Estados Unidos ha sido esencial para la victoria de Donald Trump, volvemos a una cuestión que es tan antigua como el propio nacimiento de la fotografía.

Igual que cuando aparecieron los primeros daguerrotipos (tal y como explica Anna Giralt Gris en el texto que abre el bloque y que ofrece un breve recorrido genealógico), la IA nos coloca de nuevo frente a la cuestión de la ontología de la imagen, pero nos obliga asimismo a replantear preguntas tan viejas como la función del arte o el sentido del artista. El acercamiento que aquí proponemos a estas cuestiones no puede ser más que impresionista y poliédrico, y se enuncia en forma de interrogación abierta a un futuro aún incierto sobre el que será imprescindible seguir ahondando. Lo hacemos además desde distintos ángulos, perspectivas y enfoques, para los que hemos convocado a historiadores, críticos y teóricos (firmas habituales de la revista, pero también otras nuevas), así como a filósofas o creadoras como la diseñadora de videojuegos Eurídice Cabañes o la cineasta e investigadora Gala Hernández López (que firma un texto apasionante sobre la IA como medio para reescribir la Historia a través de imágenes que se alejan de la perspectiva única de los vencedores). Pero la coincidencia del estreno en Filmin de Cyborg Generation, la película de Miguel Morillo Vega sobre la posibilidad de extender los sentidos del ser humano mediante órganos cíborg (y de la que publicamos también un texto crítico), nos permite comprender hasta qué punto resulta imprescindible relacionar las inabarcables posibilidades de la IA generativa con asuntos como el poshumanismo o el feminismo glitch. Y en este sentido, los estimulantes textos de Carolina Martínez, Alan Salvadó y Daniela Urzola nos conducen de nuevo a la pregunta primera sobre los límites de la imagen para plantear, precisamente, la posibilidad de un uso disidente de la IA frentre a esa ‘realidad’ entendida como construcción y consenso de un discurso hegemónico (heteronormativo, masculino, blanco…). Un sentido de la IA que reconecta a su vez con aquella mirada escindida y extrañada de Lynch, aquella que abría el imaginario sin miedo ni prejuicio a territorios insospechados y acogía la innovación como posibilidad de avance y mejora. Aquella que, de paso, leemos aquí en contraposición a la que generan, con su uso terrible y, este sí, temible, Trump y sus amigos ricos y poderosos.

Jara Yáñez