Print Friendly, PDF & Email

La última película de Antonio Méndez Esparza empieza como una crónica realista y termina como un tratado sobre la representación. Quizá sea por la novela de Juan José Millás en la que se basa, quizá por la querencia del cineasta hacia este tipo de temas –recuérdese Courtroom 3H (2020), documental sobre un juzgado norteamericano y a la vez reflexión sobre la puesta en escena–, lo cierto es que Que nadie duerma podría inspirarse en los famosos versos de Hamlet para presentarse tal vez como un sueño, tal vez como su reverso fatal, una fantasía en los límites entre la vida y la muerte. Su protagonista, una entregadísima Malena Alterio, es despedida de su aburrido trabajo administrativo y acaba convirtiéndose en taxista insomne al tiempo que su vida experimenta dos giros importantes: su padre agonizante termina muriendo y conoce a un misterioso actor que la seduce en muchos sentidos, incluido el surgimiento de una repentina curiosidad por el mundo del teatro. La guionista Clara Roquet y Méndez Esparza manejan estos elementos, tan atractivos como peligrosos, con indudable sentido del ritmo y la ambigüedad, siempre en la cuerda floja entre una perspectiva realista y súbitos fogonazos que la ponen en duda, como si la protagonista oscilara sin pausa entre la lucidez y el sonambulismo. Y en este territorio incierto se encuentran los mejores hallazgos de la película, todo un desafío para la audiencia, una ficción paranoide que lleva a una mujer desde la ignorancia inicial a un saber difuso en el que nunca encuentra certeza alguna. Es una lástima, por lo tanto, que el último tramo del film se muestre demasiado seguro del terreno que pisa cuando no es así, ni puede serlo, estallando de este modo un conflicto irresoluble: entre la linealidad del relato y sus fugas, entre el suspense y la imposibilidad de resolverlo. De todas formas, he aquí una propuesta sugerente, misteriosa, que obliga a seguir pensando en ella aún mucho después de haberla visto. Carlos Losilla