Àngel Quintana
Como cineasta, Kelly Reichardt forma parte de esa generación que llevó al límite cierta tendencia sustractiva y que veinte años después buscan fórmulas para reinventar su estilo, manteniéndose fieles a sí mismos. A cualquier persona admiradora de la cineasta le puede costar imaginarse a Reichardt realizando una película de atracos, pero la realizadora consigue partir de una mirada irónica hacia el género para acabar proyectando la película hacia la clásica historia de una errancia. El atracador protagonista es un licenciado en historia de arte que planea con una banda de poca monta el atraco a un museo de arte contemporáneo. El atraco es absurdo, alejado de las clásicas historias a lo Ocean’s Elecen y más cercano a Tarde de perros. Una vez perpetrado el robo y después de que la película haya seguido algunas pistas para acusar al delator, Reichardt se centra en la huida. Durante una parte significativa del metraje vemos a un hombre que ha abandonado a su mujer y a sus hijos, que se esconde para no ser identificado y que busca a alguien que le ayude. A diferencia de las clásicas películas de gánsters en las que el atracador acababa siendo masacrado en su último refugio, Reichardt prefiere centrarse en el vacío de un personaje sin rumbo. La película avanza a partir de los mínimos elementos, sin excesiva imaginación, pero con una clara voluntad de fidelidad a un estilo. Lo más interesante de The Mastermind es que la huida tiene lugar en 1970, en las televisiones se habla de la crisis de la guerra del Vietnam, por las calles los jóvenes se manifiestan contra la política de Nixon y la policía está más pendiente de perseguir a los manifestantes que de capturar a un atracador de poca monta.
Carlos F. Heredero
Pendiente todavía de estreno en España la anterior y magnífica película de Kelly Reichardt (Showing Up, 2022), su nueva realización viene a confirmar una vez más la voz personalísima de la cineasta más radical y estimulante de todo el cine norteamericano contemporáneo. Su protagonista es aquí un nuevo antihéroe (otro más) que se integra con implacable coherencia en la singular galería de seres solitarios, indefensos y siempre a contracorriente que viene retratando la directora en todos sus trabajos anteriores. Se trata esta vez de un ladrón de obras de arte, casado y con dos hijos. En realidad, un pelanas de poca monta que contrata a dos colegas chapuceros para robar cuatro cuadros abstractos del museo de arte de Massachussettes, y que posteriormente tendrá que esconderse y salir huyendo cuando la policía empiece a seguirle los pasos por los Estados Unidos de los primeros años setenta, cuando la guerra de Vietnam está en los telediarios y los manifestantes pacifistas son apaleados por la policía. Lo que ocurre es que todo es desastroso y torpe en el comportamiento del personaje y de sus compinches hasta el límite de la comedia y, por momentos, del humor absurdo (muy divertido), sin que esto implique en ningún momento un retrato caricaturesco ni condescendiente por parte de su creadora.
Capaz de engañar a su madre para pedirle dinero a espaldas de su padre (un juez prestigioso), de ocultar a su familia el robo cometido, de abandonar a sus dos hijos en la calle para preparar el delito, de colgarle el teléfono a uno de ellos para montarse en un coche que le permita salir huyendo y de robarle el bolso a una anciana en plena calle, este peculiar antihéroe de imposible futuro es, sin embargo, un ser desvalido y más bien frágil, incapaz de ganarse el sustento y de buscar un trabajo; una figura retraída sobre sí misma, poco comunicativa y nada empática, con enorme dificultad para transmitir sus emociones y condenada a la soledad y a la fuga permanente. Kelly Reichardt le sigue la pista y ofrece, al tiempo que lo acompaña, un retrato desolador de la otra América, la de las carreteras solitarias, las casas abandonadas, los parajes sórdidos y las callejuelas estrechas. Un país sin brillo, sin colores, donde todo es mate y está velado por una fotografía que se hace cargo de la época sin ninguna pretensión de lucimiento, pero con una enorme coherencia en el ‘apagado’ ocre y terroso del cromatismo, estrictamente equivalente a la grisura anónima de este don nadie que podría haber sido extraído por la directora de cualquier esquina sin relieve de alguna película norteamericana de los setenta: más cerca de Fat City (John Huston) que de Tarde de perros (Sidney Lumet).
La cámara de la cineasta acompaña a su criatura mientras una trompeta y unos compases jazzísticos puntean una banda sonora que se integra con coherencia en la radiografía de un país donde no hay espacio para el heroísmo, ni para individualidades singulares de ningún tipo. Los vigilantes de los museos se duermen en las salas, los policías son corruptos o violentos, los delincuentes son malhechores de tres al cuarto y los ladrones de arte ni siquiera pretenden vender lo que roban para enriquecerse. Los años setenta de su país son, para Kelly Reichardt, un páramo de mediocridad, penuria, corrupción y sueños anónimos que no van a ninguna parte. En definitiva, la contrafigura del ‘sueño americano’, la otra cara de lo que Hollywood ha puesto tradicionalmente en las pantallas. Engañosamente pequeña y discreta, The Mastermind es en realidad una gran, memorable película. El mejor cierre posible para el festival.








