Estamos en la Rumanía profunda, en una pequeña población costera que solo puede comunicarse con el interior por ferry. En esta comunidad aislada, plegada sobre sí misma, un joven cercano a los veinte años es víctima de una agresión: una noche llega a su casa con el rostro ensangrentado y el cuerpo magullado, alguien le ha dado una paliza. Pero el film de Emanuel Pârvu enseguida soluciona la intriga y descubre a los agresores, quizá porque lo que le interesa no es la trama más o menos policial. A partir de ese suceso, Tres kilómetros al fin del mundo prefiere investigar en la miseria moral de los habitantes del lugar: la homofobia, el fanatismo religioso, la corrupción política… A través de una puesta en escena minuciosamente compuesta de planos amplios, pocos desplazamientos de la cámara y un montaje casi invisible, Pârvu escarba en un grupo humano en descomposición, dibuja un retrato coral basado en la bajeza y la ruindad. La impasibilidad del estilo oculta una ebullición constante, casi visible en cada plano, en su trabajo incesante de demolición.

Tres kilómetros al fin del mundo podría ser así el cruce perfecto entre un western dialéctico y una comedia negra de inspiración coral. Diríase que entre Budd Boetticher y Berlanga. Los personajes –el chico, sus padres, su mejor amiga, los policías, el cacique, el sacerdote…– se cruzan y entrecruzan sin cesar, dan vueltas y más vueltas por caminos desérticos al sol, por calles desoladas e interiores desabridos, y van y vienen hablando siempre de lo mismo, sin avanzar casi nunca en lo que de verdad importa, pero desnudándose en su perversidad, en su estrechez de miras. Y estos rodeos visuales y retóricos se convierten poco a poco en la representación perfecta de lo que se esconde tras las apariencias: todos giran sobre sí mismos para no tener que darse a ver, para no detenerse y mostrarse tal cual son ante los demás. Pârvu evita de este modo la metáfora explícita o la simbología exagerada y lo que queda es vulgaridad, una vida cotidiana viciada por el funcionamiento de unas instituciones todavía ancladas en el pasado. Pero no vayamos más allá, porque la película tampoco lo hace. Prefiere quedarse en la superficie de esos planos impolutos y sugerir qué ocultan, proponer una posible salida que no consiste en otra cosa que en romper el círculo vicioso de esas idas y venidas. Tres kilómetros al fin del mundo, en efecto, intenta ver en qué se ha convertido una cierta banalidad del mal.

Carlos Losilla