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Presente y pasado se fusionan a partir de imágenes de archivo del pasado y su contraposición en forma de una voz en off en tiempo presente. Relaciones paternofiliales repletas de pudor y secretos, donde se ataja el pudor de lo íntimo entre padres e hijas y se plantea la inversión de roles entre cuidador y cuidado. Conceptos que se abrazan y se dan la mano con temáticas acerca del voyeurismo hacia la enfermedad y la decadencia, convertido casi en espectáculo audiovisual y el doloroso descubrimiento de la fragilidad de las figuras paternas. Una figura paterna cuya ausencia es hipermagnificada por la enfermedad, convirtiéndose en metáfora tan cruda como certera. Todo esto alberga en su interior el debut de la realizadora griega Jacqueline Lentzou.

Una cinta que mantiene las constantes estéticas y formales del nuevo cine griego, su aspereza tonal y sus esquinas llenas de aristas punzantes, pero que progresivamente va abandonando el dolor para culminar con una suerte de catarsis y redención. Todo a partir de un dispositivo que, como el cine de Nadav Lapid y Leos Carax, se gesta a partir de un estudio del movimiento cinético del cuerpo (o la ausencia del mismo), representado aquí en la colisión entre la fluidez y agilidad de los cuerpos juveniles (la secuencia de la piscina o el baile en el garaje) y un cuerpo atrapado en una enfermedad que lo imposibilita. Y en el medio, su protagonista femenina, paralizada por un presente sometido y un pasado que la agarrota, sirviendo como tratado acerca de las fronteras entre lo vivido y lo soñado, entre el pasado y el presente inmediato, núcleo central de su relato.