Àngel Quintana
En 2010, Françoise Bettencourt Meyers, heredera de la gran fortuna de la firma L’Oréal reclamó a la justicia que se incapacitase legalmente a su madre –Lillianne Bettencourt– por considerar que había vido sido víctima de una extorsión, que personas próximas de su entorno se habían aprovechado de su fortuna. En el centro de la polémica estaba la figura del fotógrafo y escritor François-Marie Banier que a partir de 1987 había empezado a moverse en el entorno de su madre, hasta convertirse en protagonista de un romance platónico –ya que Banier era gay y tenía una joven pareja– que había dado mucho que hablar a la prensa del corazón. Lillianne Bettencourt dejó de tener una vida modesta junto a su marido, André Bettencourt, un político gaullista con un oscuro pasado colaboracionista y antisemita. Lillianne empezó a aparecer en todo tipo de fiestas y acontecimientos acompañada siempre de su amor platónico, que fue heredando progresivamente una parte de su fortuna. El caso llenó páginas de las revistas del corazón y Netflix realizó una serie documental inspirada en las grabaciones realizadas por el mayordomo de la familia. Ahora, Thierry Klifa rueda una discreta película sobre el caso con la intención de convertirse en un hit en las pantallas francesas, reforzada por la siempre implacable presencia de Isabelle Huppert. En ningún caso se cita el nombre de Bettencourt, ni tan solo de la marca L’Oréal, pero todos los hechos expuestos desde la ficción remiten al presente. Huppert ejerce como fría dama todopoderosa en un mundo de lujo y de excesos, mientras que Laurent Lafitte interpreta a un personaje que es todo exceso y cuyas verdaderas intenciones nunca acaban siendo claras.








