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Una mujer mira intensamente al fuego. La luz de la imagen parpadea con la irregular chispa de la llama. Se funde a negro. Vuelve el fuego. La mujer ya no está, solo queda la pared de una cueva. A continuación, sucede lo mismo. Cuando la luz regresa aparece en el plano una silla con un objeto indistinguible encima de ella.  Esta sugerente y lóbrega construcción define a la perfección lo que es Mannvirki (Gústav Geir Bollason), una cinta articulada sobre el misterio que supone para el espectador enfrentarse a una obra sin contexto alguno. En el centro de este, una estructura posindustrial sobre la que orbitan varios hombres y mujeres de diferentes edades que, de forma coordinada y silenciosa, llevan a cabo una tarea de supuesto mantenimiento.

De estas personas no sabemos nada. Su origen parece haberse borrado y tan solo queda su misión. Del edificio, más de lo mismo. ¿Es una antigua base científica? ¿Militar, tal vez? Bollason compone toda una atmósfera de secretismo alrededor de esos restos de hormigón que levita en la no concreción. A cada imagen más desconcertante, el misterio crece y la duda dispara la interpretación en un tour de force sensorial que invita al espectador a conectar con algo más allá del ahora. En tan solo tres minutos la cinta ya ha convocado tierra (estructura), mar (iceberg) y aire (gaviotas). Las formas sucumben a los elementos. En la tierra, la cámara se mueve al ritmo de los acontecimientos: estática o ligeros paneos y travellings. En el agua, la cámara pierde compostura. Su estabilidad se ve afectada y los encuadres se vuelven más toscos. En el aire, que aparece de forma reducida, los planos son cenitales, grabados desde un dron y enfocando desde la distancia el edificio.

Esta serie de elementos naturales enlazan con lo humano para derribar la creencia del cine como arte antropocéntrico, haciendo que los sujetos queden en segundo plano. A su vez, Bollason concilia estos dos aspectos con el industrial, creando un fantasmal tríptico de especial cuidado por el sonido ambiente. Escuchar el viento mover la hierba, el contacto del hierro con el suelo o el zumbido de las abejas, junto a la ecléctica puesta en escena ─sostenida en el limbo del plano corto y el largo de la misma acción─ producen una abstracción total de los esquemas narrativos clásicos que logra conectar directamente con la tierra, o al menos, lo que queda de ella. La trama nunca aparece en la cinta porque antes de que esta pueda hacerlo, el dispositivo cinematográfico ya se ha entregado al entorno que lo rodea. Hay una posesión orográfica de las formas. Una especie de militancia paisajística que elimina todo atisbo relatístico.

Si bien la enunciación juega a ser esquiva ─pues en el misterio reside el motor de la cinta─, el enunciado recompensa la curiosa mirada del espectador con un cuestionamiento frontal de la forma que tenemos de relacionarnos con el entorno y con sus proyecciones cinematográficas. En Cavalo Dinheiro (2014), Pedro Costa reflexionaba sobre la memoria personal por medio de un viejo hospital en ruinas; en Mannvirki, Bollason recurre al crepúsculo de los tiempos (un edificio que ya no pertenece al enclave ni a su época) para hacer lo propio con la memoria colectiva. Se crea un punto de anclaje con el mundo pasado que reverbera en el presente mediante la creación de una metáfora que recuerda “las últimas cosas que soñamos antes de llegar a la orilla en la tierra de la repetición”Daniel Cortiñas Laíño