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En apariencia una adaptación libre muy libre de Edipo, en el fondo un sofisticado artefacto intertextual que incluye al mismísimo Sófocles y a Robert Bresson, a Bertolt Brecht y Straub & Huillet, a Vivaldi y al nuevo folk canadiense, la última película de Angela Schanelec es también un enigma a pesar suyo. La claridad de los planos, su condición transparente y diáfana, chocan con la férrea voluntad de no dar ninguna facilidad al espectador medio, de presentarle continuamente obstáculos y más obstáculos, de contarle una historia que al final no lo es, o que puede serlo pero de muy distintos modos. El arco temporal abarca décadas, desde que un bebé abandonado es adoptado por una familia griega hasta que reaparece en Berlín muchos años después, al frente de una trama que quizá sea la misma, quizá no. La inmisericorde contundencia de las elipsis, que nunca lo parecen, hace que grandes cantidades de información queden ocultas o sin explicar, de manera que rellenarlas no significa tanto dar forma a un argumento más o menos convencional como detallar la imposibilidad de hacerlo. Al final, es la música, como indica el título, la que se erige en hilo conductor y salvación, una especie de melopea que aparece de vez en cuando para que seamos conscientes de la belleza de este relato que ya no puede serlo. Y el hecho de que el punto de partida sea una tragedia griega tiene algo de manifiesto, como si aquellas grandes historias solo pudieran darse ya fragmentariamente, mezcladas con muchas otras cosas, en una especie de experimento conceptual más cercano a la música atonal que a cualquier narratividad al uso. Pues esta es una película tan exigente consigo misma como con quien la ve, que convierte la opacidad en deslumbrante figura de estilo, que proclama un cine en el que lo más importante es aquello que permanece ausente. Una película que podría ser a la vez la más clásica y la más moderna de este año. Una película inagotable que nos agota, ya era hora. Carlos Losilla