Un naufragio existencial
Irene Bernal Martínez
Tres segmentos conforman The Shipwrecked Triptych (Deniz Eroglu), un film alemán que se arriesga reuniendo actos independientes para tratar aspectos humanos como el sentido de pertenencia y la confrontación del sufrimiento. Se ampara en varios espacios: ‘Mutiny’ (El motín), ‘Boarding’ (El embarque) y ‘Drifting’ (A la deriva), los tres episodios que constituyen la hora y media total de metraje. Eroglu se embarca a la deriva, queriendo que el espectador coopere con él para destripar la sensación del naufragio mientras transita una residencia de ancianos, el hogar de una familia congolesa y la Europa medieval, respectivamente.
Para ‘Mutiny‘ se utiliza un 16 mm Kodachrome que en ‘Boarding‘ se abandona para emplear un 35 mm transferido a VHS. En ‘Drifting‘, de nuevo, ese 16 mm, en blanco y negro, que se apoya en secuencias generadas por IA. Estos formatos se integran en el contexto, resultando útiles para transmitir la atmósfera de cada uno de los pasajes, a la vez que crean una barrera que dificulta la unidad. Si bien esa imagen ‘desintegrada’ de Boarding, incómoda a la vista, está vinculada a la tensión del propio relato, choca con la estética sensible de la primera parte y con el ambiente fantasmagórico del final. Este efecto hace que se pierda conexión entre una narración y otra.
La metáfora del naufragio que contempla Eroglu no incluye ningún navío. Es una impresión de desarraigo compartido. El director materializa ese flotar sin rumbo con movimientos de una cámara en mano que emulan los de la embarcación, que en los planos más cerrados mece al espectador con su balanceo característico. En este sentido de lo surreal, entra en juego una referencia con la que el film comparte especial simbolismo. El lateral izquierdo de un tríptico de El Bosco recibe el nombre de La nave de los locos. En el cuadro se integra un conjunto variopinto de personajes subidos a un barco que navega sin capitán no por mar, sino por tierra. Se entregan a placeres absurdos, fluyendo en un mundo que no puede ofrecerles respuestas. “I don’t know anything. I’m just here”, como se expresa en el último acto.
A este tríptico le falta la parte central. Está perdida. Su extravío es particularmente significativo ya que, al tratarse de una obra concebida no como lienzo individual sino como parte de un conjunto, si se observa únicamente por sí mismo, su significado cambia. A The Shipwrecked Triptych le ocurre lo mismo: no deja cabida a una interpretación precisa, solo a la deriva del propio pensamiento, porque su lectura exige la de un todo que no está.
Proximidad e indiferencia
Sofia Casas
El naufragio como símbolo parece que guía esta triple narración de Deniz Eroglu. No hay buques rotos ni embarcaciones perdidas, sino una representación de la fragilidad de la existencia humana y la fina línea entre ser y dejar de ser en el mundo. Tres historias ambientadas en distintas épocas configuran un imaginario colectivo acerca de la identidad alemana, con un tono que bascula entre la ironía y la frialdad. Un relato lleno de contrastes que, con su estética poco convencional, desarma cualquier expectativa narrativa clásica. De este modo, se erige como una obra original difícil de clasificar.
La colocación de la lente evidencia la disparidad que se narra. A menudo se aproxima a ciertos elementos y construye narrativamente la identidad de la sociedad que retrata grabando de cerca galletas de mantequilla, objetos cotidianos o manos de personajes. Sin embargo, en otras ocasiones la cámara se aleja y observa con distancia, con frialdad, la escena, el espacio o el paisaje onírico. Esta oscilación entre proximidad e indiferencia visual subraya la tensión entre lo íntimo y lo impersonal que atraviesa toda la película.
El tríptico no abusa de la palabra, no la macula. De hecho, el silencio es uno de los ejes centrales del film y ayuda a construir un relato tan inquietante como contemplativo. La escasez de diálogo enfatiza la tensión que recorre toda la obra y funciona como metáfora del proceso de naufragio en sí mismo. Aunque no parece haber una relación directa entre el título del capítulo y lo que sucede, se entiende que hay una conexión figurativa. En el primer capítulo, ‘El motín’, conviven la conversación y el silencio, una antítesis entre afecto y soledad. En el segundo capítulo, ‘El embarque’, predominan los silencios incómodos y el conflicto tanto verbal como físico, que se interpreta como propio de un clima de incertidumbre. En el tercer capítulo, ‘A la deriva’, impera la mudez: solo los intertítulos toman la palabra. Una muestra de que en la desesperación, en la cúspide de la desgracia, ya no hay nada que decir y basta con un contacto efímero, con un gesto mínimo, para entender al otro.
Así, The Shipwrecked Triptych es una película que subvierte las convenciones narrativas y estéticas del cine contemporáneo, proponiendo una reflexión sutil pero sarcástica sobre la identidad, la incomunicación y la deriva emocional.
¿Fórmulas fragmentarias desde Berlín? Defensa del cine como unidad
Mar Piantadino
El turco-danés Deniz Eroglu presenta en la Sección Oficial de la XI edición de Filmadrid The Shipwrecked Triptych. Se declara tríptico, siendo más justa su condición de naufragio. Para serlo, implicaría una convivencia donde la interrelación de las partes se dé por su presencia simultánea vinculada espacialmente. En el cine, por su sintagmática, no se experimenta, son tres partes encadenadas. Eroglu se apoya en un desarrollo visual descuidando el resto de los aspectos del lenguaje cinematográfico tal como detallaremos a continuación.
En ‘Mutiny’ nos situamos en un entorno con potencia discursiva, son las últimas horas de 1982 en Alemania Occidental en un asilo de ancianos apartado en los Alpes. La configuración de una isla que opera como casa común, su sostenibilidad y la transición al futuro es terreno más que fértil, solo que aquí no se cultiva. Con abordaje superficial, se destacan aspectos banales de los personajes, desperdiciando el director su condición de foráneo y la perspectiva que eso le otorga.
“No tienes idea de lo que es el dolor, cuando tengas mi edad te enterarás”, dice un viejo postrado, orientándonos en la intención. En sintonía con los postulados de Ernst Jünger sobre el dolor, se presentan aquellos con intención de negar el mismo contrapuestos a los que lo afrontan. Así, vemos a quien trabaja escuchando música, desoyendo el llanto ajeno, el de Eli, sobre un cuadro de su madre. La insinuación de una orfandad común desatendida por la mayoría queda en eso. Con el mismo escapismo que demuestra el director al evitar verdades más profundas, y como Herzog, caminando sobre el hielo se atenuarán algunas heridas.
Los tercios restantes, cual lidia fallida, no intensifican lo planteado al momento. En ‘Boarding’, un hombre caucásico se presenta en la casa de una familia congoleña en la Alemania rural alegando ser de servicios sociales para supervisar la condición de vida de las dos hijas, caricaturizando más de lo que dibuja. Finaliza con ‘Drifting’, situada en la Alemania medieval, con una imagen blanco y negro y personajes silentes, otorga una apócrifa marca temporal que se siente como un tango tocado con flauta dulce. ¡Qué más grato hubiesen sido esos recursos en juego cuando se abordaban tensiones raciales! Así, vemos como se escapa la tortuga en patinete. Desde un dominio limitado de la puesta en escena, lo explícito subyuga lo inicial, juega más de lo que construye y no logra jerarquizar su valor intrínseco.








