Carlos Losilla
El primer largometraje de Carlos Saiz, que de algún modo viene a continuar su corto La hoguera (2020), llega en la madurez de un subgénero que el llamado ‘nuevo’ cine español lleva practicando desde hace ya muchos años. O en su crisis, según se mire. El subgénero en cuestión es el documental ficcionalizado –o al revés, que en esto nunca hay etiquetas– y aquí se trata de seguir la pista de un chaval del barrio murciano de San Antolín que, junto con su padre, se dispone a visitar a su hermana, que ejerce como profesora en el sur de Francia. Dicho así, la película no se diferencia mucho de otras que han seguido un camino similar, desde el cine de Isaki Lacuesta a esa infinidad de historias reales convertidas en relatos que han poblado las pantallas de los festivales en los últimos años. Si se profundiza un poco más, sin embargo, Lionel revela su verdadera faz: estamos ante una trama vieja como el mundo –las relaciones familiares y, sobre todo, paternofiliales– que aquí pretende jugar en el terreno de lo ‘verídico’, de lo-que- sucedió-en-realidad.
Poco importa eso, no obstante, cuando el film de Saiz encuentra su verdadero camino. Lo más llamativo de Lionel no es Lionel, el joven protagonista. Lo más llamativo de Lionel es el padre de Lionel, uno de esos personajes presuntamente carismáticos que tanto abundan, igualmente, en este tipo de cine: un hombre con un pasado más o menos traumático que se dedica a exorcizarlo a base de mucha simpatía y, por qué no decirlo, caradura. El padre de Lionel es un pícaro, ese arquetipo que tanto gusta a cierto cine español, hasta el punto de que, si el film de Saiz perteneciera por completo a la ficción y se hubiera realizado hace unas décadas, se trataría de un personaje que podrían haber interpretado perfectamente Juan Diego o Paco Rabal, pongamos por caso: esos actores que sabían mostrarse irresistibles pero a la vez dejar entrever un lado turbio, menos atractivo de lo que dictan las apariencias. El padre de Lionel, sin embargo, está ‘interpretado’ por su verdadero padre, como dictan de nuevo las leyes del subgénero, y la cosa es distinta. No es que cambie el modo en que se relaciona con la audiencia –sigue provocando risas con sus ocurrencias y chistes, no tanto cuando se pone pesado o violento–, pero sí la manera en que esta lo acoge: ese hombre existe, es real, podría ser nuestro vecino o el padre de un amigo. Y de ahí al tratamiento un tanto superficial y fácil de las relaciones con sus hijos, incluso con el mundo, solo va un paso. Esta road movie familiar, diríase que ‘para todos los públicos’, quiere dar, pues, una impresión veraz, pero se pierde en sus intentos desesperados de construir una trama sólida, antes que dejar que la cámara vuele para captar la ‘verdadera verdad’ de esos personajes: las dos escenas en las que el padre de Lionel le explica a su hijo su pasado familiar, que tanto parece obsesionarle, son tan explicativas y discursivas que ya no importa si la película es documental o ficción. Se nos ha explicado todo y el presunto misterio que entrañaban ese padre y ese hijo –dejada de lado la hermana sin demasiadas explicaciones– queda por completo abolido.











