Felipe Rodríguez Torres
La veintena, en especial en su eje central, es una etapa complicada en la evolución personal de todo individuo. Demasiado mayor para seguir siendo considerado un adolescente y demasiado joven e inexperto todavía para saber afrontar los sinsabores de la vida adulta. Máxime en la época en la que nos encontramos, donde el capitalismo, en su deriva cada vez más neoliberal, aboca a toda una generación al fantasma de la precariedad. Un sueño de emancipación lastrado por la falta de oportunidades laborales, los sueldos tercermundistas y la utopía de un espacio personal propio para desarrollar esa madurez y vida adulta que se les exige pero que a su vez se les imposibilita.
De todo eso habla The Luminous Life, el nuevo trabajo del cineasta portugués João Rosas. Pero en vez de entregar una obra directamente reivindicativa, de espíritu social y combativo, se aproxima a todos esos temas (sin evitar ninguno de ellos) desde una mirada profundamente humanista y contemplativa. Todo desde los ojos y la mirada de Nicolau, un joven con veinticuatro años recién cumplidos que se encuentra en una crisis vital, existencial y sentimental que le tiene paralizado. Y no es casual que a su protagonista, João Rosas nos lo presente montado en una bicicleta de su propiedad, cuyo único valor es el sentimental: porque si el mundo neoliberal se mueve a un ritmo vertiginoso, Nicolau prefiere anclarse en el ritmo pausado, monótono y a su vez melódico del eje de las ruedas de su bicicleta.
Algo cercano a una película de temática similar pero de forma totalmente opuesta: Scott Pilgrim contra el mundo, de Edgar Wright. Si la adaptación al cine del cómic de Bryan Lee O’Mallley representaba el angst existencial de la juventud contemporánea y su imposibilidad de alcanzar la madurez a partir de un ritmo y un tono exaltado y vertiginoso, amparado bajo una puesta en escena heredera del arcade de 8 bits y el anime más hipervitaminado, João Rosas, y su protagonista Nicolau, prefieren mirarse en la parsimonia rítmica de predecesores como el Richard Linklater de la trilogía de Antes de…, la belleza en lo metódicamente rutinario del protagonista de Perfect Days, de Wim Wenders o, de nuevo, acercándonos al mundo de las viñetas, esa oda a lo prosaico que es El caminante, del autor japonés Jiro Taniguchi.











