Felipe Rodríguez Torres
Dos películas anidan en el interior de Between Dreams and Hope, el segundo largometraje de la directora iraní Farnoosh Samadi. El nexo de unión de ambas es el aún irresoluble conflicto entre identidad, género y sexualidad, que además es agravado al transcurrir el relato en el Irán contemporáneo. Un Irán que Samadi deja entrever que tiene el mismo conflicto interno que su dual película, donde la pugna entre modernidad y tradición se deja ver en las costumbres entre el Irán urbano, lugar donde, aunque la ley islámica y las diferencias de derechos tanto de las mujeres como de la comunidad LGTBQ+ y un Irán rural que se encuentra (si cabe) en el polo opuesto.
Y esas dos caras escinden la cinta en dos partes muy diferenciadas. La primera de ellas, en los límites entre lo social y lo documental, con una puesta en escena que juega con el encuadre y el formato para diferenciar los espacios de libertad y los espacios de opresión, incluso con bellas derivas hacia lo surreal y psicodélico, en la que posiblemente sea la sección más acertada de la cinta.
En cambio, su segunda mitad, cercana a esa colonización del Irán urbano por las costumbres y modos occidentales, se reconvierte en un thriller cuasicriminal, que, aunque astuto y certero en su ritmo y suspense –y como la psicodelia de la primera parte, derivando sin rozarlo, el existencialismo antinarrativo de La aventura de Michelangelo Antonioni– acaba cayendo en todas las trampas del género: personajes rozando el estereotipo, puntos de giro efectistas que debilitan el discurso y los sugerentes apuntes entre tradición y modernidad de su primer segmento. Pero, en un giro inesperado, ambas caras de una misma moneda se fusionan y funden en su clímax final, recuperando en su epílogo la serenidad contemplativa de los fragmentos más íntimos y bellos de su primera parte.











