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A juzgar por su estructura circular y cerrada, la última película de Joanna Hogg debería verse como un objeto definitivamente clásico, un artefacto construido sobre cierta tradición británica del género, tanto del melodrama como del fantástico. Dos mujeres, madre e hija, llegan a un hotel en medio de la nada, un edificio envuelto en la niebla en el que no parece habitar nadie, por mucho que la recepcionista se niegue a cambiar de habitación a las recién llegadas. Allá comparecen ruidos extraños e incluso sombras tras los cristales, y de paso ambos personajes se entregan a un juego familiar igualmente sombrío, en principio destinado a celebrar el cumpleaños de la anciana, en el fondo un intenso y extraño ritual que saca a relucir culpas y remordimientos, dependencias enfermizas y miedos diversos. Hasta aquí, pues, todo apunta a que The Eternal Daughter presenta una película dentro de otra película, un cuento de terror que encierra un drama familiar o viceversa. Y nada más.

Las dudas llegan, sin embargo, cuando comprobamos, para empezar, que la madre y la hija están interpretadas por la misma actriz, Tilda Swinton, una habitual de la filmografía de Hogg. Y se intensifican cuando esa construcción en apariencia razonablemente lineal convoca otras duplicidades, innumerables desvíos que podrían tomarse en su transcurso, desprendimientos de múltiples sentidos que hacen que The Eternal Daughter se expanda no tanto por arriba o por abajo como por los costados, por decirlo así. El relato gótico es abandonado para pasar a una ficción casi bergmaniana que podría invocar films como Persona o Cara a cara, que a su vez se deja a un lado para convocar la posibilidad de una memoria desbocada, de unos cuantos recuerdos desfigurados que se utilizan para construir otro relato, de una ficción paralela organizada por otra de las protagonistas con el fin de exorcizar un dolor que de vez en cuando aflora en forma de llanto, o de rostros desfigurados o ausencias desgarradoras que se dan cita en ese lugar casi abstracto que podría ser un purgatorio o el reino de los muertos… Esa ficción, por momentos, se metamorfosea también en el guión que está escribiendo la hija, cineasta profesional –que a su vez parece una reformulación del personaje interpretado por Honor Swinton Byrne, hija de Tilda Swinton, en las dos partes de The Souvenir—, y que podría vampirizar el film en su integridad, como sucede con la novela que escribe John Gielgud en Providence, de Alain Resnais, película que también resuena en The Eternal Daughter… El último trabajo de Joanna Hogg llega directamente desde la modernidad del cine para modificarla: la ficción regresa para invadir el espacio fílmico, pero ya no como goce o placer sino como obsesión que se mueve en círculos.