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Director de origen iraní exiliado en Escandinavia y naturalizado danés, Alli Abbasi aborda con este film un empeño ciertamente difícil: narrar los comienzos de la carrera empresarial de Donald Trump desde sus tiempos juveniles: sus pactos con los grupos mafiosos de la ciudad de Nueva York, su arribismo cruel y cainita, su desprecio por cualquier tipo de valores que no sean los de las ganancias y el dinero, su vertiente mesiánica, su moralismo egoísta, su desprecio por las mujeres, las traiciones a sus amigos…, el catálogo podría ser infinito. El cineasta cuenta para ello con la esforzada interpretación de Sebastian Stan en un trabajo muy desigual y muchas veces con registros insuficientes, pero también con la colaboración preciosa de Jeremy Strong para dar vida a Roy Cohn (el abogado del magnate) y con un estilo vibrante que consigue mantener un buen ritmo narrativo. La relación entre Trump y Cohn –de la colaboración y la amistad a la traición y el desprecio– genera, de hecho, la materia dramática más intensa y cinematográficamente más interesante de la película, pero el conjunto de esta padece una servidumbre que ni su guion ni sus imágenes consiguen superar: el hecho de que, cuando llegamos a los títulos de crédito, no se nos haya contado absolutamente nada de Donald Trump que no sea ya materia bien conocida por todo el mundo y, sobre todo, el hecho de que el relato sea incapaz de ofrecer del empresario ningún otro matiz, ninguna otra vertiente o recámara que pudiera convertirlo en un personaje dramáticamente atractivo. Por ello, The Apprentice no hace otra cosa que confirmarnos todo lo que ya sabíamos o podíamos suponer de la juventud de esta figura nefasta y deleznable de la historia reciente de los Estados Unidos. Otra película más para complacer las expectativas de cuantos espectadores se acerquen a ella sin más objetivo que el de ver confirmadas sus ideas preconcebidas.

Carlos F. Heredero

En la pieza teatral de Tony Kushner, Angels in America se cuenta la historia de un abogado y político republicano, de talante conservador, perverso y homófobo que enfermó de SIDA. Kushner mostraba la historia oculta de Roy Cohn que llevó a los Ronsenberg a la silla eléctrica, tuvo complicidades con Joseph McCarthy, estuvo al lado de todos los asuntos corruptos de Richard Nixon y en su club privado conoció a principios de los setenta a un millonario con pretensiones inmobiliarias llamado Donald Trump. En The Apprentice, Trump es un joven que aprende a escalar en la esfera social, a convencer a los alcaldes de no pagar impuestos y a erigirse en un especulador sin piedad. El maestro fue Roy Cohn y su proceso de iniciación tuvo lugar a finales de los setenta y en los inicios de la era Reagan. Durante estos años, el maestro enseñó a Trump a creer en la relatividad de la verdad, a no mostrar ninguna debilidad en público y a llevar al límite la indecencia para conseguir sus fines. El imperio Trump no surgió inicialmente con la política sino con la construcción de edificios, de torres que formaban parte de las nuevas megalópolis. En la séptima avenida de Nueva York construyó la Torre Trump y después levantó rascacielos en el mundo de los casinos de Atlantic City, hasta extender sus torres por Estados Unidos y colocarlas en el centro de Chicago o en Las Vegas. La asociación del poder con la construcción de grandes torres babélicas acaba emparentando esta ficción del cineasta iraní Ali Abbasi con el sustrato alegórico que alimenta Megalópolis de Francis Coppola. Trump empezó su camino hacia las alturas invocando la fantasmagoría de una América que todo lo justificó. Ali Abassi cierra el proceso de aprendizaje allá donde Tony Kushner acabó su obra teatral, en el momento en que Roy Cohn murió del SIDA. A diferencia de la película de Coppola, la puesta en escena de Ali Abassi es tan discreta que resulta casi inexistente. El cineasta utiliza una textura que parece cercana a las viejas cámaras U-Matic de los ochenta, mientras avanza la historia desde los márgenes, casi como si fuera una serie B sobre la creación del monstruo.

Àngel Quintana