En un momento de este debut en la dirección de la actriz Ariane Labed, una de las dos hermanas protagonistas aparece enterrada en la arena de una playa y su cabeza, encuadrada de una forma muy particular, se parece a la de la Medusa. Poco antes, una de sus intervenciones más salvajes, que luego desencadenará la parte más conflictiva de la trama, queda interrumpida por un abrupto corte a negro que impide seguir la acción… Podríamos citar más ejemplos, pero basten estos como demostración de que el universo creado por Labed no es precisamente benévolo o positivo. La hermana más díscola y desobediente, que vive con su madre separada y su hermana menor, desobedece todas las reglas, revoluciona la escuela a la que asiste, se enfrenta sistemáticamente a la masculinidad más rancia y provoca el caos doméstico a la mínima ocasión que se le presenta, sobre todo cuando se trata de manipular a su hermana en lo que parece un singular proceso educativo a la inversa: es una rebelde, pero también un monstruo, en el sentido de una inadaptada, de alguien a quien el sistema rechaza y castiga una y otra vez. La monstruosidad femenina, tantas veces teorizada y habitualmente tan mal llevada a la pantalla, queda aquí en un espacio ambiguo y sugerente, se materializa en una amenaza que la sociedad biempensante no puede aceptar. Y Labed muestra esta circunstancia a través de una puesta en escena que parece una sucesión de performances inconexas, de situaciones independientes y acumulativas que van sembrando una inquietud difusa, que se expande sin razón alguna.
En la playa, sin embargo, suceden otras cosas. Por ejemplo, una escena nocturna y sombría, a la luz de la luna y de una hoguera, en la que se introduce una sexualidad adolescente igualmente turbia, que rima con el tormentoso encuentro de la madre con un amante ocasional. Llegados a este punto, Septiembre dice incomoda y siembra dudas, deja un reguero de interrogantes abiertos a su paso. Por eso no se entiende que, a partir de ese mismo negro absoluto del corte, de ese parón de la trama, de esa interrupción atrevida y valiente, Labed se eche atrás e intente llenarlo en la última parte del film, como si ella misma se arrepintiera de haber sido tan atrevida como su personaje y quisiera deshacerse de él. Las explicaciones irrumpen y la inquietud desaparece. La elipsis se colma con una serie de planos-flashback más bien efectistas e incluso filmados en un estilo que contradice muchos de los logros anteriores. La desconexión entre escenas se pretende reconvertir en una trama convencional. Y lo que viene a partir de entonces, lo que lleva el film a su final, es más bien acomodaticio y rutinario, pues decididamente Labed no sabe filmar fantasmas.
Carlos Losilla











