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Critical Zone transcurre casi enteramente en el interior de un automóvil, como algunas de las mejores películas de Abbas Kiarostami. Y no es casualidad, porque este es también un film iraní que sin duda ha aprendido mucho del responsable máximo de Y la vida continúa (1992) o El sabor de las cerezas (1997), cumbres del cine on the road de finales del siglo pasado, signifique eso lo que signifique. El director Ali Ahmadzadeh, sin embargo, parece educado también en otras escuelas fílmicas, como ya demostraron Kami’s Party (2013) y Atomic Heart Mother (2015), y en Critical Zone pueden localizarse incluso las huellas de un cierto cine independiente norteamericano relacionado con el universo de la noche y la ciudad, vistas desde un coche, que abarcaría desde Driver (1978), de Walter Hill, a Drive (2011), de Nicholas Winding Refn: estilización del universo urbano, mitología del neón y la autopista, estructura episódica y azarosa, personajes obsesivos y reconcentrados… En este caso, se trata de un pequeño traficante de drogas que se mueve por la noche de Teherán visitando clientes y efectuando entregas, en lo que no es tanto un recorrido realista con perspectiva social como una fábula política con tintes existenciales, significativamente protagonizada en su mayor parte por mujeres insatisfechas con su vida. No hay quien sobreviva a la atmósfera opresiva del régimen teocrático, ni siquiera el propio cineasta, que no pudo recoger su premio en el Festival de Locarno por no poder salir del país. Y ello llega hasta el punto de que es la propia condición humana la que se ve afectada, reducida a su mínima expresión, a una mera supervivencia que es también miseria e indigencia espiritual. Ahmadzadeh recurre al trazo simple y reconcentrado para dibujar esa deriva, propone geometrías visuales de gran capacidad de sugerencia plástica, a la vez que reduce la expresión verbal a un laconismo acérrimo, que en ocasiones culmina en la pura onomatopeya, el aullido, el grito. Pero esa misma voluntad sintética, en formas y estructuras, es la que desemboca intermitentemente en una rigidez quizá excesiva, hasta previsible –la estructura circular, sin ir más lejos–, que acaba restando enteros al esbozo de ese universo abstracto y obsesivo. Carlos Losilla