Àngel Quintana

Les Roches rouges podría titularse también Juegos prohibidos, sino fuera por que se sitúa en las antípodas de la mítica película de René Clément. La forma con que Bruno Dumont filma la infancia resulta aquí casi irreconocible. Allí donde la película de Clément convertía la niñez en un territorio atravesado por la emoción y la compasión adulta, Bruno Dumont prescinde de cualquier sentimentalismo. No hay ternura, no hay una mirada protectora ni una lectura moralizadora de los niños. En cambio hay el retrato de un grupo absolutamente libre que vive según sus propias reglas, desafía las normas y habita la infancia como un espacio autónomo, cerrado sobre sí mismo, gobernado por códigos secretos y una sensación de plenitud absoluta.

Les Roches rouges, en cuya producción están Montse Triola y Albert Serra, podría desplegarse simultáneamente como una película de aventuras, una historia de amor o un relato de enfrentamiento entre bandas rivales. Y si alguna resonancia emerge de sus imágenes es la de El señor de las moscas, no tanto por una deriva hacia la barbarie como por la idea de una comunidad infantil que existe al margen del mundo adulto y que construye sus propios sistemas de poder, afecto y violencia. Dumont consigue algo cercano al prodigio al filmar niños de apenas seis años y hacerlos existir dentro de un paisaje mediterráneo que se convierte en una verdadera geografía emocional. El acueducto atravesado por las vías del tren, la playa, los chalets de lujo donde Eva –la niña protagonista– aparece casi como una criatura confinada, o esas rocas rojas desde las que Geo, el niño rebelde, se lanza una y otra vez en un proceso de desafío creciente, forman un territorio donde el amor y la violencia conviven de manera inseparable. Los espacios no son simples decorados, se configuran como extensiones físicas de los impulsos infantiles, escenarios donde se ensayan riesgos, lealtades y formas primitivas de deseo.

Dumont nunca parece interesado en domesticar ese material humano. No busca convertir a los niños en intérpretes de un discurso adulto ni extraer de ellos una emoción prefabricada. Lo que persigue es capturar la espontaneidad, la improvisación, la verdad imprevisible de una mirada o de un gesto. En Les Roches rouges la infancia deja de ser un territorio idealizado para convertirse en una fuerza vital indómita, a veces luminosa y otras inquietante. Los niños no son mostrados como promesas de futuros adultos, sino como seres completos, con sus propios deseos, crueldades y misterios.