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Una novela de noventa y pico páginas y una película de 96 minutos, incluyendo créditos, parece una correspondencia justa, aunque poco habitual en el cine. Lo cierto es que la película de Mielants es casi una transcripción literal de la novela homónima de Claire Keegan (Cosas pequeñas como esas, en la edición española de Eterna Cadencia, ¡96 páginas!), de esos días de la fría navidad de 1985 en una pequeña comunidad irlandesa en la que Bill Furlong (Cillian Murphy) reparte carbón y gas por todo el pueblo, incluido un convento que acoge a ‘mujeres caídas’, en su mayoría jóvenes madres solteras obligadas a trabajar duramente en sus lavanderías, los conocidos como Asilos de las Magdalenas, ya tratados en varias películas y sobre el que un rótulo final nos ilustra. Pero este tema es solo el trasfondo o algo tangencial a la vida de Furlong, aquello que le hace rememorar su pasado, él también hijo de una madre soltera muerta con 24 años, criado por una señora, Mrs. Wilson, e intrigado siempre por la identidad de su padre. Más que una película sobre las Magdalenas, Small Things Like These es una película sobre el frío y lo difícil y hasta milagroso que resulta conseguir salir de la pobreza, incluso en la Irlanda de 1985. Pero todo esto es algo que resuelve mucho mejor Keegan en su novela que Mielants en su película cuando confrontan a Furlong con su pasado: los flashbacks son constantemente subrayados por el cineasta, bien con una música que se torna enfática, bien por el rostro apesadumbrado de un Furlong al que se le ha de notar el peso del pasado, esa relación que establece entre su madre, acogida y ‘salvada’ por Mrs. Wilson, y el destino que han de padecer esas jóvenes que acuden a él rogándole que las ayude a escapar o ese niño que mendiga algo de madera con la que calentarse o que bebe la leche que los vecinos dejan en la calle para los gatos. Furlong, con su mujer y sus cinco hijas, ha logrado escapar a ese destino dickensiano, una referencia que aflora al menos en dos momentos de la película. En cualquier caso, aunque esos flashbacks le den a la película un tono mucho más grave que el de la novela, justo será reconocer cómo el primero de ellos, ese momento en el que Mrs. Wilson pone en el gramáfono la Pavana para un infante difunto de Debussy, con su característico chisporroteo, resulta profundamente evocativo, como si estuviésemos escuchando An Empty Bliss Beyond This World de The Caretaker.

Jaime Pena