Carlos Losilla

Afirmaba Godard que el cine tiene más que ver con la geología que con las humanidades (o algo parecido). Y acaba de salir un libro de Pierre Léon, titulado Historia natural del cine, que viene a decir, más o menos, que las películas tienen vida propia, que son organismos vivos que gozan y sufren como podamos hacerlo sus espectadores. Son las películas, asegura Léon, las que nos miran, y no nosotros a ellas. Digo todo esto porque, inevitablemente, he pensado en ello mientras veía Silent Friend, el último trabajo de Ildikó Enyedi, una cineasta que hasta el momento me había interesado más bien poco. Y no es que ahora me vaya a interesar más, pero sí debo decir que no voy a olvidar fácilmente Silent Friend. Primero –queda dicho– por haberme hecho pensar en Godard y Léon, sin duda sin ninguna intención de hacerlo. Y segundo porque me ha mantenido clavado en mi butaca durante más de dos horas y media –y ya es difícil decir esto refiriéndose al Teatro Cervantes, donde los acreditados sufrimos una buena parte de los pases de prensa de Seminci–, pendiente de sus intersticios y recovecos. Pues no de otro modo puedo referirme a su peculiar estructura, no tanto episódica como concéntrica, como los anillos del tronco de un árbol, ya que de plantas y vegetales va la cosa. Tres historias, tres anillos: a principios del siglo XX, una joven científica consigue entrar en la universidad contra viento y marea y utilizar la fotografía en sus estudios de botánica; en los años setenta, otra estudiante convence a un joven para que cuide un geranio con propiedades casi humanas; y, en pleno confinamiento por la última pandemia, un profesor chino recala en la misma facultad para entablar una peculiar relación tanto con el guardia de seguridad de la institución como con una científica francesa con la que conversa on line. Por supuesto, el resultado es un delirio de proporciones considerables: largo, farragoso, en más de una ocasión indigesto. Pero su propia desmesura y algunas de sus imágenes rozan cuestiones cinematográficas de gran interés, además de reconectar con un cierto cine de la Europa del Este –Enyedi es húngara– que en los años setenta habló de la ciencia y el universo en términos metafísicos. No en vano, otro de los nombres que me han venido a la cabeza durante la proyección ha sido el de Krzystoff Zanussi, que en aquella época dirigió filmes tan significativos al respecto como Iluminación o La estructura del cristal.

Silent Friend no es precisamente un film sobrio y contenido, como los de Zanussi, pero habla de la ciencia a escala humana, como si pudiera formar parte de nuestra vida. Los personajes resultan reconocibles, por mucho que también inverosímiles y vistos desde una perspectiva psicológica sin matices ni aristas. De la misma manera, avanza a trompicones, a base de soluciones inverosímiles, descabelladas, incluso absurdas. Pero, en numerosas ocasiones, cualquiera de sus espectadores puede percibir que en su deriva podría producirse un cambio, o un giro, o simplemente tomar un camino que lo llevara a una epifanía, a una iluminación, a algún tipo de resolución realmente cinematográfica. No ocurre, pero da lo mismo. Hay películas que saben sacar provecho de las decisiones que nunca toman, pero que de algún modo quedan suspendidas en su transcurrir, proyectan su sombra en las imágenes como si se tratara de su segunda piel. No vemos lo que pudiera haber sido, pero lo intuimos, y la belleza de esa intuición vale más que si se hubieran materializado. En Silent Friend, nunca llega a darse una verdadera simbiosis entre los cuerpos de los actores y el escenario natural en el que se mueven, pero la posibilidad del roce siempre está ahí, pendiente de realizarse, y esa ausencia se proyecta en el resto del film enriqueciéndolo con su vacío: toda película es lo que es, pero también lo que queda fuera, y a veces –no todas, claro está– ese fuera de campo imaginario es lo mejor. Y ese es el caso de Silent Friend, cuya parte final resulta imperdonablemente pretenciosa y atrabiliaria, pero que hasta llegar allí ha atravesado fases en las que hemos podido entrever otros caminos posibles: cierta manera de filmar la vegetación, la ‘historia de amor’ a distancia entre el científico chino y su colega francesa, y sobre todo esa irrupción de la fotografía como versión fantasmagórica de la ciencia, de los ‘hechos comprobados’, que da a ver su envés y su revés, lo invisible que acecha, como sucede –por otra parte y de otro modo– en Sound of Falling, otra de las películas del día, que tiene que ver más de lo que parece con Silent Friend. Este es un film que está a punto de rebelarse contra sus responsables para convertirse en otro. Y eso, por mucho que no lo haga, es un hermoso gesto de resistencia.