Exceptuando unos breves momentos, esta última película de Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha –los responsables de El perdón (2020)– no acude nunca a la explicitud para construir su implacable retrato del actual régimen iraní. En la escena en cuestión, que sucede en un parque, la llamada “policía de la moral” detiene a unas cuantas chicas por su comportamiento en público mientras la protagonista se enfrenta abiertamente a los agentes. El personaje principal es una viuda de setenta años que vive sola en una gran casa, apenas ve a sus hijos y ya casi nunca se cita con sus amigas, todo por culpa del clima de represión y miedo instalado por los ayatolás. Y Moghadam y Sanaeeha la filman con delicadeza, sin estridencias ni trucos que subrayen el estilo que han decidido utilizar: un realismo seco, sin aristas, y una cámara que nunca interviene en los acontecimientos. Mi postre favorito (My Favourite Cake), en este sentido, podría transitar entre Leo McCarey y Aki Kaurismäki, pues la estilizada elegancia de la planificación acaba culminando en el trazado de un ambiente claustrofóbico que afecta tanto al cuerpo como al espíritu, pero a la vez se revela, triste y paradójicamente, como la única cotidianeidad posible en esas circunstancias.

Sin embargo, cuando en la vida de la protagonista, Mahin (espléndida Lili Farhadpour), aparece un humilde taxista llamado Faramarz (Esmaeel Mehrabi) todo da un giro quizá demasiado radical. La viuda ve en él su última oportunidad, lo invita a su casa, le ofrece vino y tartas. Y la película, en ese punto, se convierte progresivamente en otra cosa: primero en una desconcertante mezcla de comedia y drama protagonizada por una pareja inusual, luego en algo muy distinto que hace que el tono dominante hasta ese momento en el film se rompa y comparezca un registro mucho menos sutil, que conduce al relato hacia un territorio innesariamente crispado, como si se quisiera imponer a la audiencia todo lo que hasta ese momento ha permanecido oculto o latente. Entonces nos damos cuenta de que la escena del parque era solo una introducción, quizá una profecía de lo que se precipita en esta última parte. Y también de que la contención y el pudor estaban concebidos como pórtico y premonición de esa explosión final, no como figuras de estilo capaces de bastarse a sí mismas. Mi postre favorito, en sus últimos minutos, deja salir a la superficie su verdadero rostro: no estamos ante una crónica agridulce del Irán contemporáneo, sino ante una metáfora de su condición de cárcel para las mujeres, las más perjudicadas por ese estado de cosas. Pero eso el film ya lo había dicho antes, por lo que es una lástima que se empeñe en subrayarlo, y de la manera más estruendosa.

Carlos Losilla