Carlos F. Heredero

Segundo largometraje de Mikel Gurrea, cuya ópera prima (Suro) estuvo ya en competición en el festival de 2022, Sants tiene la virtud de adentrarse en un territorio tan incierto como sugerente: la atmósfera espesa y ambigua, visualmente oscura y moralmente ambivalente, en la que se mueve una banda de ladrones de esculturas religiosas (capitaneada por una inquietante, desgarrada y magnífica Eulalia Ramón), en la que de forma imprevista se ve involucrada la protagonista del relato, la joven y cleptómana Lali (una vibrante y convincente Vicky Luengo en su fortaleza y en su vulnerabilidad), a la vez que esta debe lidiar con el progresivo deterioro y la muerte ya cercana de su madre (una muy solvente Ariadna Gil).

Hay facetas en esta película que delatan el pulso de un cineasta de raza: la fisicidad de los trazos, la energía de la cámara, los encuadres cerrados sobre los personajes, las elipsis bruscas y, sobre todo, la construcción de un clima envolvente en el que el espectador debe moverse con tan pocos asideros como la propia Lali en su desquiciada incursión por un territorio que la acoge y la desborda a la vez. Son dos elementos (el vidrioso gang de traficantes de arte sacro que a la vez ofrece cuidados a personas desvalidas y el retrato de una outsider colocada en una desestabilizadora encrucijada personal y familiar) que concentran lo más interesante de un film aquejado de males equivalentes a los que ya padecía Suro: un guion con muchos cabos sueltos, un guiso en el que hay demasiados ingredientes que no acaban de cuajar de manera orgánica, un relato que deambula sin acabar de encontrar su sitio ni su dirección.

Bien porque ha pasado por demasiados filtros asesores y formateadores, bien por indecisión del cineasta, bien por complicadas decisiones de montaje final (del que quizás hayan caído piezas aquí y allá; no sabemos, esto es solo una especulación…), la película padece huecos incomprensibles y avanza sobre lagunas que en nada la benefician y sobre lo que parece una dramaturgia algo caprichosa que hacen muy difícil entender las reacciones y el comportamiento de los personajes. Todo queda así sumergido en una especie de magma nocturno y sombrío (ya lo anuncia la magnífica secuencia inicial, durante la cosecha de los espárragos), pero en medio del cual la película no acaba de encontrar un itinerario convincente.