Carlos Losilla

Rose, tercer largometraje de Markus Schleinzer, es una película extraña. En principio podría parecer una simple crónica de época contada desde una perspectiva queer, pues se trata de narrar la peripecia de Rose, una mujer que se hace pasar por hombre para ir a la guerra de los 30 años, durante el siglo XVII, y luego heredar las tierras de un compañero muerto en combate, a quien suplanta y cuya casa ocupa. La sobriedad del blanco y negro, la voz que comenta la historia en over y el cuidado en la ambientación y el vestuario apoyarían esta interpretación, confirmarían que estamos ante una película realista, la exposición de un caso que se convertiría igualmente en una crítica del machismo sistémico y del orden social, etc., etc. Pero hay algo más, mucho más. Poco a poco, aunque sea a través de detalles sutiles e insidiosos, no es difícil apercibirse de que Schleinzer pretende otra cosa, como si estuviera deslizando una segunda película por debajo de la primera, una película bastante más secreta y a veces incluso argumentalmente difícil de aprehender: el film, así, acaba siendo la historia de cómo se produce ese cambio, que también afecta a la personalidad de la propia Rose.

Hacia el final, un personaje acusa a Rose de haber querido impugnar la realidad, a lo que ella responde silenciosamente, un poco más tarde, que la realidad, tal como está construida, depende de las palabras, que la confirman y legitiman. Las palabras del poder y las palabras del orden patriarcal, que no aceptan inestabilidad alguna, ni en la manifestación del sexo ni en el comportamiento cotidiano. Frente a las palabras, sin embargo, está la imagen, esa que Rose no quiere transmitir a la posteridad pero que la película, inevitablemente, muestra en toda su poderosa ambigüedad. Si nadie supo ‘ver’ en Rose a la mujer que era, la audiencia del film tampoco tiene derecho a saberlo todo de ella, del cambio que provoca en su compañera, de lo que oculta a los jueces. El blanco y negro, entonces, no se revela como herramienta de una supuesta qualité sino como amasijo de luces y sombras que la precisión de los encuadres pretende encerrar sin conseguirlo. Y tanto la interpretación de Sandra Hüller –rehuyendo cualquier virtuosismo, dándose enteramente a la cámara– como el rostro de su personaje en el inolvidable plano final –revelando matices hasta entonces nunca vistos—desvelan que ni siquiera el lenguaje del cine es suficiente: si Rose es considerada como un monstruo, ¿qué será la película que intente contar su historia?