Carlos Losilla

La Gradiva, el segundo largo de Marine Atlan, no emociona y maravilla solo por mostrar, con energía y veracidad, los movimientos de un grupo de adolescentes franceses de viaje de estudios en Nápoles, las interacciones que tejen y destejen entre sí y la relación que entablan con la nueva cultura a la que se enfrentan. Tampoco únicamente por convertir esa trama mínima en un delicado retrato colectivo, en una minuciosa narración coral. La Gradiva oculta su poder de fascinación en el misterio del título, que nunca aparece explicitado en pantalla. Por supuesto, alude a la novela de Wilhelm Jensen y al ensayo que Freud elaboró en torno a ella, y sin embargo no adapta –en el sentido tradicional– ni una ni otro. Más bien se inspira en ambos para llevar a cabo una labor arqueológica, aunque desenterrar aquello que no se ve tampoco signifique, en su caso, darlo a ver. Las imágenes de La Gradiva tienen que ver con uno de los mayores desafíos que puede afrontar una película: sugerir la sombra que proyecta el pasado en el presente sin alterar el realismo aparente del estilo. Y hacerlo desde una perspectiva capaz de convertir poco a poco el enfoque naturalista en un lirismo contenido, pudoroso, donde las grandes pasiones no son más que breves apuntes o pequeños gestos.

Al principio solo parecen existir y mostrarse los hechos, las anécdotas. Hay un muchacho empeñado en recuperar un pasado familiar esplendoroso que quizá nunca existió. Hay otro que solo vive en el presente, ocupado en unas cuantas aventuras sexuales y en planificar su futura vida laboral. Hay una chica que los observa desde la distancia, curiosa y escéptica. Y hay una profesora desbordada por los acontecimientos, que quizá la conduzcan igualmente a un pequeño apocalipsis personal. Atlan filma ese panorama inicial sin intervenir demasiado, pero dejando pistas que solo reconoceremos en la parte final, cuando surjan a la superficie los dramas latentes. La película, en el fondo, tiene una estructura volcánica, acorde con el Etna visto siempre a lo lejos: primero la lava se insinúa, se habla de ella y se adivina, pero luego, cuando erupciona, lo que importa no es tanto el fuego y la furia como los rastros que dejan. Por eso esas secuencias últimas se ralentizan, identifican el drama no con un estallido sino con una penetración en la piel del propio film, algo que deja su poso en el presente, una memoria que –como la Antigüedad, como el pasado histórico– deberá esperar para tomar forma. Hay ecos rossellinianos en La Gradiva, de Stromboli (1950) a Viaggio in Italia (1953), pero estamos ante un film que no puede evitar ser estrictamente contemporáneo: todo lo que dice quizá ya haya sido dicho, y sin embargo parece decirse por primera vez.