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No es este el primer largo de Víctor Iriarte. Su ópera prima, si puede llamarse así, se titulaba Invisible (2012) y contaba con la inestimable colaboración de la violonchelista Mursego, junto a la cual componía una evanescente sinfonía en negro que podía ser tanto un film de terror como una historia de amor. Lo mismo sucede en Sobre todo de noche, a la vez una película sobre bebés robados, sobre tres personajes a la deriva y, last but not least, sobre una huida hacia adelante en forma de road movie, la que emprende una mujer en busca de otra, que a su vez es la madre adoptiva del hijo que le arrebataron años ha. En lugar de centrarse en estos nudos dramáticos, sin embargo, Iriarte prefiere esquivarlos, dar un rodeo a base de elipsis y sobrentendidos, y construir una delicada experiencia poética en la que la voz narrativa y la precisión del plano dan forma a una narración oblicua, esquinada, pero que a su vez, paradójicamente, nunca busca desdeñar la emoción. Película llena de mapas y de letra impresa, voluntariamente cartográfica, Sobre todo de noche se adentra en vericuetos misteriosos que incluyen una visión panorámica de la historia reciente de España –del franquismo a la pos-transición– como tierra de fantasmas, de infancias truncadas y maternidades frustradas, a modo de metáfora de un país todavía huérfano, cuyas heridas aún no han cicatrizado. Y todos esos signos –de la letra a la herida pasando por las incontables manos que jalonan el film– se encarnan en un relato contado a trompicones pero siempre exaltado –por mucho que en ocasiones caiga en una cierta rigidez–, casi en forma de melodrama deconstruido y explícitamente post-almodovariano. Pues este es un film que, entre otras muchas cosas, sabe inscribirse en una tradición –la de un cine español verdaderamente preocupado por el lenguaje– y postularse en continuidad con ella. Carlos Losilla