Carlos Losilla

Y llega la primera sorpresa de la sección oficial de Seminci. O la segunda, si contamos la desconcertante El sendero azul, Oso de Plata en el Festival de Berlín. En el caso de Kelly Reichardt (The Mastermind) o Bi Gan (Resurrección), nos gusten o no esas películas, ya sabíamos con quién nos la jugábamos. Al enfrentarnos a Pillion, la cosa cambia. Es cierto, la película estuvo en Cannes, en la sección Un Certain Regard, e incluso ganó el Premio al Mejor Guion, pero casi nadie habló de ella entonces. Quizá porque se trata de una ópera prima, quizá porque no es un film que pretenda impresionar a nadie, quizá porque ni siquiera parece tener demasiadas aspiraciones ‘artísticas’. Al contrario, Pillion parte intencionadamente de un género denostado e ignorado, la comedia romántica, no tanto para cambiar sus reglas, ni ‘subvertirlas’ –palabra-fetiche últimamente, no se sabe muy bien por qué–, como para seguirlas escrupulosamente, aunque cambiando los personajes y, por lo tanto, las relaciones entre ellos y el eco que encuentran en el contexto social que los rodea, incluyendo aquí a la audiencia. Pues Pillion no es una comedia romántica protagonizada por gays, que sustituirían así a la típica pareja heterosexual. Es algo más. Es un film de aprendizaje, una especie de bildungsroman traviesa y maliciosa, que se dedica a plantear dudas en el seno de un universo moral, el nuestro, que se cree muy seguro de sí mismo.

Colin (Harry Melling, actor sobresaliente) es un apocado homosexual británico de provincias que un buen día conoce a Ray (Alexander Skarsgärd), un motero altivo que lo acoge, digamos, a su servicio. Pues no se trata de una relación convencional, sino de una relación de poder, siendo Ray el amo y Colin el criado. La novedad es que Harry Lighton, guionista y director, renuncia a observar esta situación desde sesgo alguno, ya sea ético o sociológico, y lo hace aceptando cada una de las decisiones de sus personajes, dejándose llevar por ellos, de manera que es sobre todo Colin quien manda, quien conduce el film. Curiosa situación, pues: un cineasta al servicio de un personaje que a su vez está al servicio de otro personaje. Como resultado, toda relación de poder interior al film queda borrada y quien acaba organizándolo es la audiencia, que por una vez tiene libertad total para decidir y juzgar, si es que quiere hacerlo. En el mundo de Pillion, el sexo puede estar impregnado de violencia y, aun así, resultar liberador. En el mundo de Pillion, amar no debe significar necesariamente decir ‘te quiero’, tampoco compartir una vida, ni siquiera disfrutar de una relación de igual a igual. Se puede ser feliz en la esclavitud, con tal de disponer de un día libre a la semana. O no, pero eso es ya decisión de cada uno, pues también se puede ser feliz no siéndolo. Por lo menos esa es la conclusión a la que llega Colin, que tampoco tiene que ser cierta, pues nos movemos constantemente en el territorio de la paradoja y la contradicción, tan propio de cierta tradición cultural británica, de Chesterton a Oscar Wilde, de la que Pillion podría ser una curiosa heredera. Solo existe ese mundo, en cualquier caso, y ni siquiera sabemos nada del pasado de Ray, ni de las motivaciones que lo guían en su comportamiento, como tampoco de los moteros y ni siquiera de los padres de Colin. Pillion parte de la comedia romántica para construir minuciosamente una fábula moral en la que, felizmente, la única moral posible puede que sea inmoral.