Carlos Losilla

El llamado ‘cine negro español’, de dudosa existencia, tiene siempre un regusto localista, costumbrista, que acaba chocando con la vocación abstracta que ha pretendido ostentar el género desde que los técnicos centroeuropeos pisaron Hollywood por primera vez. Rafael Cobos, que ahora presenta con Golpes su ópera prima como director, tiene mucha experiencia en ese tipo de conflictos. Guionista de Alberto Rodríguez en La isla mínima o Modelo ’77, entre otras, su poética es densa y oscura, intenta penetrar en los entresijos del poder para responsabilizarlo del universo criminal que crece y crece a su sombra. Pero para lograr ese tipo de retratos suele recurrir a una serie de motivos que se repiten de película en película sin demasiados cambios, sin profundizar tampoco en sus intersticios, como si nombrarlos ya fuera suficiente. Ese enfrentamiento traspasa sus propios límites en Golpes, donde la Transición a la democracia, uno de sus temas recurrentes, se convierte en trasfondo de una historia despojada, sobria y austera, pero también demasiado dependiente de un puñado de personajes que se han convertido ya en habituales del género en este país, a veces simples remedos de los originales hollywoodienses readaptados a la geografía patria: dos hermanos sevillanos, un policía y un delincuente, ambos secos y ceñudos, se enfrentan entre sí a costa de una trama no demasiado original en la que, de paso y como de prestado, aparecen también un par de mujeres. Lo que importa aquí es el pasado, el padre militante que ambos perdieron durante el franquismo y cuyos restos el ladrón de bancos quiere recuperar a toda costa, ante la indiferencia del agente de la ley, que solo quiere jubilarse para instalarse con su esposa en Portugal.

La película recurre a una estrategia interesante: unas cuantas tomas pseudodocumentales de la época irrumpen de vez en cuando para puntuar el relato y evitar escenas ‘con sabor local’. Golpes utiliza así las elipsis para liofilizar la narración, para dejarla en los huesos, en una serie de secuencias independientes que quieren funcionar por sí mismas como pilares del relato. Pero ese método, en principio eficaz, también tiene inconvenientes, pues para sobrevivir la película se inventa giros de guion que devienen no solo forzados y escleróticos, sino también, en ocasiones, tramposos: todo sentimiento queda escamoteado en la sequedad del procedimiento, que se olvida de incorporar la emoción en su propio mecanismo y luego se ve obligado a hacerla comparecer casi a la fuerza, como en la atropellada parte final. Golpes –un título que parece casi una declaración de principios también en el plano formal– guarda en sí misma una semilla que podía haber fructificado, convirtiendo el film en un mosaico sobre el tiempo, su paso y su simultaneidad, la inmediata posguerra y la Transición: España como un país sin tiempo, sin padres, solo hermanos enfrentados una y otra vez. Sin embargo, prefiere fingir que el suyo es un relato lineal, progresivo, que lleva de una cosa a otra, y en ese punto se encalla e implosiona. Incluso las elipsis, en los últimos quince minutos, se convierten en un juego de manos que pretende ocultar sus inevitables carencias.