Felipe Rodríguez Torres

Si para los adultos el drama de los desahucios es un acontecimiento traumático, ¿cómo debe ser para unos niños? Ese es el tema central de Olivia y el terremoto invisible, ópera prima de la cineasta Irene Iborra, que adapta el libro juvenil La película de mi vida (2017), de Maite Carranza. Y como la obra original –material de apoyo escolar de gran éxito en el sistema educativo de Cataluña–, la intención fundamental de esta adaptación en clave animada es tanto educar como concienciar a los menores de edad.

Para conseguirlo, Iborra ofrece un trabajo optimista y humanista, abocando por un tono blanco y conciliador, a partir de una técnica de stop motion cercana e influenciada en su diseño de personajes y de producción por los trabajos de Henry Selick, en especial Los mundos de Coraline (2009), abrazando a su vez el manual de estilo de la factoría Pixar -el molde para casi toda la animación mainstream que ha surgido desde mediados de los 90- y fusionándolo de manera irregular con las texturas, tonos y maneras de la obra de Selick. Y cuanto más se acerca a este último, sobre todo en esas secuencias donde abraza lo surreal para representar los ataques de pánico de su joven protagonista, el film se eleva por encima de la media. Pero cuanto más costumbrista se vuelve, cuanto más cercana al drama de lo real, debido a su condición de obra dirigida a un público menor de edad, máxime juvenil, el trabajo cae en una serie de lugares comunes y las formas del relato se resienten por ello.

Pero en definitiva, la cinta, mucho más sutil, certera y honesta que otros trabajos supuestamente adultos como En los márgenes (2022), de Juan Diego Botto, cumple con su objetivo principal: intentar dar un hálito de esperanza a una pesadilla fruto de la bulimia neoliberal y hacer comprender a los más jóvenes los valores de la solidaridad, la hermandad entre extraños y sobre todo, el poder de la comunidad y el individuo para afrontar los envites de un sistema capitalista totalmente deshumanizado.