Carlos Losilla
Otra sorpresa de la Sección Oficial, al menos para mí, Sorry, Baby es el debut en la dirección de Eva Victor y un film que queda suspendido entre dos tiempos. El primero de ellos es nuestra contemporaneidad, pues estamos ante una película sobre la condición femenina y sobre la agresión sexual, aunque también sobre otras muchas cosas. El segundo es más difuso y se mueve a lo largo y ancho de una cierta historia del cine estadounidense, aunque un primer epicentro podría situarse en el Nuevo Hollywood de los años 70. De hecho, el film de Victor empieza con unos créditos sobrios y austeros, cuyo diseño y tipografía, sobre fondo negro, recuerdan, por ejemplo, a los de las películas de Woody Allen. Y su disposición escénica, el modo en que rechaza cualquier tipo de costumbrismo al uso para centrarse únicamente en unos cuantos personajes y decorados, con una fuerte impregnación teatral, no solo insiste en retrotraerlo a otro momento de la representación cinematográfica, sino que lo sitúa casi en el exterior del tiempo, como si deseara intensamente sumergirse en una paradoja: aunque uno de sus temas sea el paso del tiempo, Sorry, Baby es un film intemporal.
Por si fuera poco, estamos ante una trama que se desarrolla en cuatro momentos separados en el tiempo, siendo el primero y el último un incierto presente a partir del cual emergen los otros dos a modo de pretérito más o menos próximo. No estamos hablando tanto de flashbacks como de una vuelta atrás impelida por el trauma, por la herida, que igualmente divide el tiempo entre un antes y un después, convirtiéndose en el vacío horrísono que queda en medio. Ese vacío, para la protagonista, es una violación que sufrió cuando estaba terminando su tesis doctoral, de manos de su tutor, y que pesa en el trasfondo de las imágenes desde que una de sus compañeras de entonces lo recuerda aviesamente, durante una cena, años después… Pero estoy contando mal la trama, o quizá es que estamos ante una trama que no se puede contar, pues lo que importa aquí es el entrecruzamiento, la reaparición, incluso la repetición. Y tener en cuenta lo que se incluye y lo que se deja fuera. Lo que se representa y lo que no se representa, es decir, lo irrepresentable, que para Victor, en varias ocasiones, es una puerta cerrada, o el exterior de una casa en medio de la campiña. Gracias a esa estilización, además –la película es de planificación exquisitamente clásica, aunque también consciente de que remedar ese estilo es imposible–, ni el melodrama exagerado ni el sentimentalismo desbordado tienen cabida en Sorry, Baby, que se convierte así en una hermosa pieza de cámara no exenta, sin embargo, de comicidad y emoción. Crónica de un aprendizaje vital, el film está igualmente convencido de que todo aprendizaje es una ilusión, de que cada momento es distinto y a la vez parecido: a la repetición, hay que añadir la diferencia. Y el fragmento final, lejos de suponer una culminación convencional, obliga a regresar al principio, al origen de todo, para dejar claro que no hay que llenar el vacío, sino observarlo atentamente para saber definirlo. Sorry, Baby –como Pillion (Harry Lighton), presente también en esta sección oficial de Seminci– enseña a asumir la oscuridad como la otra cara de la luz, no como su opuesto.











