Felipe Gómez Pinto

Una desesperada necesidad por ser visto, registrado, captado, recordado. Es una deuda, un legado, un milagro y un hechizo, una carga y una ciencia implacable, quizá una alquimia de resultados oscuros e inefables: morir durante setenta y siete años sin morir jamás, morir cada noche sin desaparecer, navegar sin dinero en la nave de Caronte, desde el río hasta el mar, de un lado a otro en un océano de fantasmas formados y almas eternamente representadas. Recordar el aroma de la comida cuando se tenía hambre en medio del canto acelerado de la supervivencia en el jardín de Gaza. Las reflexiones a las que nos aboca el realizador/historiador, Kamal Aljafari, se imprimen en la imposibilidad de abandonar la persistencia combativa y la urgencia política del pueblo palestino. Porque la existencia, la posibilidad de su existencia, es una plenitud que no se puede abandonar. Sentirse existir es asumir un doble aspecto de la realidad humana. La libertad, como proyecto individual y como proyecto de sí misma.

En su discurso vuelve a establecerse la fragilidad de la existencia, pero esta vez su origen no se centra en el archivo, sino que se enmarca en las huellas de una amenaza histórica y perpetua. Esta convergencia temporal nace de las imágenes que Aljafari filmó en 2001, mientras buscaba a quien fuera su compañero en prisión en 1989 –época de la Primera Intifada–, Abdel Rahim. Acompañado de su Virgilio particular, Hasan, el director aborda con crudeza los cimientos de una previsible catástrofe y el sentido de un tiempo ajeno para descubrir en los vestigios paradójicos del presente una atenta llamada hacia el pasado. La categoría de sus imágenes es tan pura que se obvia su salvaje naturaleza. La precisión del montaje hace que en el encuentro entre el ‘Yo’ no prescrito (evidenciado en el reflejo de una cotidianidad perdida y en ocasiones alegre) y la realidad cíclica establecida en la pérdida, se vislumbre la toma de consciencia definitiva: el reconocimiento de un elaborado plan de borrado persistente.