Carlos F. Heredero

Con el molde propio de una obra de teatro en la que una inesperada reunión familiar acaba resultando catártica para todos sus integrantes (una plantilla sobre la que se han estructurado innumerables películas), el cuarto largometraje de Roberto Bueso viene a contar el reencuentro de un célebre académico (Eduard Fernández) con sus tres hijos, de los que estuvo alejado durante muchos años, cuando el padre –al que le queda ya poco tiempo de vida– les pide que pasen juntos las navidades en una casa frente al mar donde veraneaban cuando eran niños. Reencuentro propicio, en definitiva, para exorcizar todos los fantasmas acumulados por los cuatro: las heridas provocadas por el abandono, el rencor alimentado por la ausencia, la falta –o no– de instinto paternal, las frustraciones amorosas, sexuales y profesionales, etc., etc.

El material narrativo genera, como era de esperar, todos los ajustes de cuentas que estaban pendientes, entre los hijos y el padre, sí, pero también para cada uno de ellos consigo mismos. El vacío doliente del pasado reverbera sobre las dificultades del presente para todos ellos dentro de un guion construido con las herramientas propias de una carpintería dramática convencional, manejada por sus firmantes (Óscar Díaz y el propio director) de forma tan aplicada como previsible, de tal manera que nos da la sensación de asistir a una función que ya hemos visto antes muchas veces, máxime cuando la puesta en escena de la película se limita a ilustrar, de manera igualmente aplicada y funcional, los diálogos y las situaciones escritas: un territorio en el que brillan algunos destellos de comedia y algunas réplicas intermitentes que surgen de lo más hondo y menos racional de los personajes.

Como sucede casi siempre en este tipo de propuestas, el resultado final se sostiene en mayor o menor medida gracias a los actores, y aquí es donde la soberbia interpretación de Eduard Fernández consigue inyectar en su agrio personaje vibraciones de autenticidad y de humanidad, de acritud y de ternura a partes iguales, que logran elevar por momentos la intensidad y la verdad de una representación que, con limitadas excepciones, nunca va más allá de lo dibujado por el guion. Tres soluciones afortunadas se salvan de esa medianía: el largo plano secuencia con el que Bueso filma al padre y a uno de sus hijos caminando por la playa (lástima que en su transcurso afloren unos diálogos explicativos innecesarios), la elipsis que sucede al momento en el que el padre cierra la cortina de su despacho (una decisión moral del cineasta que se agradece) y el corte a negro final, que evita lo que podría haber sido una visualización sonrojante de una premisa de guion que se venía venir desde que, muchísimo antes, había sido ‘plantada’ en un diálogo precedente.