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La única ópera prima de la competición oficial, dirigida por la joven directora Agathe Reidinger (formada en la Escuela de Artes Decorativas de París, y firmante de varios cortos prestigiosos), tiene como protagonista a una joven adolescente atrapada en la vorágine de las redes sociales, de la necesidad de ser admirada y deseada en público para sentirse realmente alguien en medio de un contexto social y familiar arrasado por la marginalidad y por la carencia de horizontes vitales. La vida de Liane (una magnífica Malou Khebizi) es un torbellino de explosiones emocionales que la desbordan a ella misma, un tobogán continuo de ira y de rabia frente a todo y frente a todos en pos de su única aspiración: ser seleccionada en un programa de telerrealidad y ganarse la vida como influencer. El itinerario del personaje atraviesa una cadena de situaciones que Liane no sabe gobernar (solo tiene diecinueve años) y en las que se adentra con absoluta inconsciencia del peligro (la secuencia en la que se ofrece como bailarina a tres depredadores machistas es el ejemplo más claro), filmadas casi siempre con evidente complicidad entre la cineasta y su valiente actriz. Las imágenes consiguen atrapar, de manera intermitente y desigual, algunos momentos de intensidad y de verdad –tanto emocional como visual– que elevan el registro de la película por encima de su resultado final, un tanto vacilante y ambivalente. Lo que queda, pese a todo, es el retrato de un verdadero infierno: un universo donde la necesidad de ser mirado y deseado ha desplazado al talento y al esfuerzo, en el que la mirada deseante ya no es la del sujeto activo, sino la de la comunidad de voyeurs y de followers que lo reducen a un sujeto pasivo condenado a mirarse en un espejo inevitablemente destructor. El film de Reidinger, conceptualmente conductista, levanta acta del estado de las cosas, pero no queda claro del todo si lo hace desde una cierta distancia moralista a pesar de esforzarse –incluso en un desenlace engañosamente optimista para Liane– en comprender a su frágil y desconcertante protagonista.

Carlos F. Heredero

Liane –Malou Khebizi– tiene diecinueve años y como muchas chicas de su edad está más preocupada por su cuerpo que por su futuro. La imagen lo es todo y está dispuesta a sacrificar su existencia para mostrar un busto que ilumine en las redes sociales o en el universo de la telerrealidad. Ella se considera bella y quiere seducir, gustar a los hombres, atraer a sus fans en las redes sociales, llenar su vida de miles de likes exaltando sus supuestos encantos. Sus uñas son largas y han sido objeto de una auténtica orfebrería. Sus tetas son voluminosas, su cadera es esbelta, pero para llamar más la atención se dibuja un tatuaje de unas estrellas. Las cejas siempre están pintadas y sus pestañas son vistosas. Para dar más relevancia a sus nalgas, visita a un cirujano plástico para que le proporcione unas prótesis. Hay algo de artificial en su aspecto que la puede convertir en carnaza de la telerrealidad. Liane vive en Fréjus, cerca de Cannes, y es hija de una familia desestructurada. Ha ganado algún dinero vendiendo productos en el mercado negro, pero su vida no es más que un sueño permanente. La atracción de la fama se ha convertido en una especie de síndrome de Stendhal que crece el día que recibe la llamada de la productora de un programa de televisión en la que le dice que su video ha gustado y que tiene posibilidades de triunfar. Agathe Riedinger rueda una primera película decente que parte de un guion que a veces es demasiado ortopédico. Su gran acierto reside en la configuración del personaje y en construir el relato antes de la fama, en evitar contar la historia de una fama destructiva y centrarse en los lazos de la protagonista con su sueño. El otro punto de interés se halla en la omnipresencia del cuerpo de la joven actriz que mientras espera que se haga realidad su deseo no cesa de deambular. Los riesgos de la película residen en los giros de la historia que van desde su desafección por el sexo hasta los peligros que comporta el hecho de convertirse en cebo para un grupo formado por una serie de hombres sin piedad.

Àngel Quintana