Carlos Losilla
Hacia el final de esta última película de Lav Diaz, coproducida por Albert Serra, los fantasmas se hacen explícitos: son ellos quienes se enfrentarán a Fernando de Magallanes en su última batalla, según dicen los nativos a los que pretende evangelizar. Es uno de los muchos agujeros negros del film, lleno de escenas demasiado explicativas que, a pesar de formar parte de un relato concebido a base de intermitencias, siempre quiere mantener una cierta linealidad argumental, como si le diera miedo dejar vacíos a su paso. Y ello resulta aún más extraño desde el momento en que Diaz fue uno de los campeones del ‘nuevo cine’ de principios de este siglo, el cineasta aguerrido capaz de presentar películas de doce o catorce horas no precisamente entregadas a la narratividad. Aquí, con Gael García Bernal al frente del elenco, se trata de combinar epopeya e inmovilidad, épica y mirada neutra, y salir airoso en el intento. En algunos ocasiones, como decíamos, el ‘cine histórico’ y el biopic se imponen y el film parece sentir la necesidad de contar una historia, la trayectoria de Magallanes desde 1511 hasta su muerte, cuando en realidad no le interesa en absoluto. En otras, afortunadamente, la cámara de Diaz se detiene y filma la nada, que en el fondo es el todo: el empeño colonial de Magallanes solo fue una sucesión de calamidades que él mismo –y algunos historiadores– pretendieron convertir en una briosa aventura.
Quizá por ello los mejores momentos de la película son aquellos en los que filma un tiempo del después que incluye el antes. La batalla de Malaca, con la que se abre el film, solo es un montón de cadáveres que pueblan la arena, gritos y susurros, sangre y humaredas, mientras alguien deambula por las ruinas en busca de supervivientes. De la misma manera, el segundo viaje narrado halla su culminación no en la llegada a Cebú, sino en la calma chicha del barco a la deriva, aún sin tierra a la vista, donde los cuerpos yacen en cubierta sin perspectiva alguna de futuro. Eso fue Magallanes y el colonialismo europeo del siglo XVI: un gran fracaso colectivo que solo tenía sentido, para algunos, desde una perspectiva económica. Diaz no es un cineasta del movimiento, como sí demostró serlo a su manera Werner Herzog en Aguirre, la cólera de Dios (1972), sino del tiempo. Y es en el tiempo muerto, en el fantasma del tiempo, donde se encuentra con los mejor de sí mismo. Si Vivir la tierra, la película china a competición, encontraba ese fantasma entre la cámara y la pantalla, y Sotto le nuvole, la italiana, recurría al pasado para hacerlo presente y negar la existencia de un tiempo lineal, Magallanes pretende filmar el momento mismo en que el tiempo se acaba, muere. Y, desde esa perspectiva, no es que la película de Diaz presente una duración excesiva, que también, sino que no se atreve a utilizarla para dar a ver esa extinción y a veces cae en la tentación de comprimirla. Sobre todo cuando Magallanes, en el fondo, forma parte de un tapiz aún más extenso: en el momento en que todo culmina en tierra filipina, Diaz deja claro que esta historia también le interesaba, no tanto la figura del ‘explorador’ como el hecho de que esta, en el fondo, se encuentra en el inicio de una cierta historia de su país, esa que ha ido explicando detenidamente a lo largo de su filmografía previa.











