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La mirada heterodoxa de Lucía Puenzo mezcla fantasía y drama en una narración artísticamente accesible que inventa su propio imaginario de oxigenante electricidad plástica. Los impactados, quinta película de la argentina Puenzo, recorre un argumento tratado con su acostumbrada originalidad, al menos en comparación con el grueso de las historias manejadas en la sección Horizontes Latinos del 71º Festival de San Sebastián. La cinta acaba llegando a los mismos lugares de reflexión a los que llegan otros dramas, pero, en su caso, de una forma agradablemente joven y fluida, sobre todo en lo que respecta al apartado visual.

Ada, una veterinaria de una zona rural, es alcanzada por un rayo al que consigue sobrevivir pero que le produce una reconfiguración total de cuerpo y mente. Asustada por el torrente de nuevas sensaciones y síntomas que la corriente eléctrica desata en ella, Ada termina por recurrir a un grupo de impactados por rayos dirigido por un médico que prueba terapias alternativas a los ineficaces químicos de la medicina tradicional. El deseo, el discurso sobre las elecciones vitales y una puerta abierta a una posible (aunque puede que lejana) lectura de género hacen más interesante este relato que no teme a manejarse con un lenguaje mainstream con el que coquetea pero que, con muy buenos reflejos, termina superando para conducir la narración hacia un corte más independiente.

Puenzo realiza un milimétrico y muy estimulante ejercicio de composición. A él se suma una fotografía que tiñe de colores fríos las cicatrices de los personajes de la pantalla y que, combinada con todo el aparato sonoro, da verosimilitud a una historia que en otras manos menos hábiles se hubiera visto enseguida avocada al absurdo. No lo hace. Bajo la dirección de Puenzo sus rayos (una energía utilizada aquí para navegar por el aislamiento, la soledad y el sentirse diferente) son ese canal para conversar sobre lo peligroso que puede resultar sentir la vida con demasiada intensidad. Y es que el film habla de eso, de fuertes estados de ánimo, de sentimientos y de maneras de mirar lo que nos rodea sabiendo que, al fin y al cabo, esa ansiedad (con la que filtramos nuestra percepción del mundo) no es otra cosa que el resultado de una peligrosa descarga eléctrica. Raquel Loredo