Àngel Quintana
En los títulos de crédito de Vie privée los Talking Heads cantan Psycho Killer, mientras entramos en el gabinete de Lilian, una psiquiatra/psicoanalista estadounidense de origen judío que habla perfectamente francés (Jodie Foster). La canción es perfecta para introducirnos en una trama en la que podemos situarnos entre la excepcionalidad que implica la búsqueda de un psicópata o la aceptación silenciosa de la cotidianidad de la vida privada. La psiquiatra termina la sesión con un paciente conflictivo y recibe la llamada de la hija de una paciente por la que tiene un afecto especial. La mujer le dice que su madre se ha suicidado. Lilian visita a la familia, pero es rechazada por el marido de la difunta, que la culpa de haberle prescrito unos medicamentos que han sido contraproducentes y que han empujado a la mujer hasta la muerte. Lilian no puede asumir su culpa y empieza a sospechar que quizás todo no sea más que un asesinato perpetrado por la hija o el marido de la víctima. Las hipótesis conducen a una herencia y a un robo de cintas de la última grabación que tuvo lugar en el diván de la paciente.
Rebecca Zlotowski construye un thriller en el que una mujer dedicada a analizar e indagar el inconsciente oculto de sus pacientes puede transformarse en una excelente detective para llegar hasta el final. La verdadera cuestión reside en saber hasta qué punto el psicoanálisis puede servir para perpetuar la investigación, si existía una verdad oculta tras las confusiones del diván o si el trabajo de la psicoanalista deriva hacia un gusto por los relatos, hacia la creación de un imaginario de ficción en el que la sospecha acaba perfectamente instalada. Zlotowski centra toda la película en la mirada y los gestos de una excelente Jodie Foster que se encuentra rodeada de la primera división interpretativa del cine francés: Mathieu Almaric, Virginie Efira, Daniel Auteuil, Vicent Lacoste, etc. Todo parece desembocar en un thriller convencional pero la directora sabe jugar con suficiente ambigüedad y con delicadeza para situarnos en un incierto territorio en el que la racionalidad de la interpretación detectivesca entra en conflicto con la sobreinterpretación inherente en la exploración psicoanalista.








