Jara Yáñez

Después de Limpia (2025) Dominga Sotomayor vuelve con La perra (libre adaptación del libro homónimo de la colombiana Pilar Quintana) a un territorio fílmico que se siente más suyo. También más libre, más dispuesto para el riesgo. Porque podríamos empezar diciendo que la película narra la historia de Silvia que vive en una isla de Chile, junto a su pareja, y se dedica a la recolección de algas. Y que el encuentro con una perra callejera no solo supondrá una pequeña revolución en su vida sino que su desaparición repentina un poco después hará resurgir en Silvia un trauma del pasado. Pero esto es apenas el esqueleto argumental que contiene de fondo algo más interesante y sugerente. Porque La perra es, efectivamente, un film sobre el trauma, sobre la identidad, sobre la maternidad, sobre la muerte y sobre la libertad (o la imposibilidad de domesticar lo indomesticable), pero es también un film que va más allá del naturalismo y conecta con un universo sensitivo, de impresiones, pulsiones y presencias que desbordan constantemente el relato.

Para empezar porque es una película que conecta de manera profunda con el lugar donde se ubica, con una naturaleza casi deshabitada, con el sonido del viento o con la fuerza incontrolable del mar. Pero no se trata del retrato de un territorio. Porque el film está rodado entre la isla de Santa María y otras localizaciones el continente, de manera que el espacio donde se sucede la ficción es un lugar inventado, creado de la mezcla y el choque de distintos paisajes y diferentes geografías que, de este modo, también busca transmitir una emoción extrañante asociada al espacio.

Pero La perra escapa también del naturalismo porque establece entre Silvia y la perra una relación que no se explica toda ella en términos ‘reales’, pero que tampoco es únicamente una cuestión de símbolo o de metáfora. De manera tal que, junto al paisaje, Silvia y la perra son protagonistas del film en la misma media y su particular relación con los temas (la maternidad, la muerte o el trauma) se conectan por momentos para volver a independizarse después. Y así, los ecos entre Silvia y el animal van y viene, confluyen para bifurcarse y reencontrase después. Entran aquí, no solo los planos en los que vemos a la perra comer, ladrar a los caballos o correr por la playa (la perra es un personaje con entidad propia), sino también la secuencia en la que Silvia sale del agua, cubierta toda ella por las algas, en una imagen que por un momento podría parecer la de una figura mitológica o un monstruo extraño y peludo. Y es que uno de los elementos esenciales de la propuesta es esa tensión desconcertante, que fluye siempre por debajo, y que otorga al film una naturaleza particular que se refuerza gracias a un particular y muy sugerente trabajo con la banda sonora.

Después de perderse, la perra vuelve a casa, pero está rara y Silvia le pregunta a su pareja si no estará traumada. “La perra está preñada”, responde él… Apenas dos frases ejemplifican el modo tan particular a través del cual se conectas las vidas de Silvia y la perra: por momentos van en paralelo, se entrecruzan para volverse a separar y mientras tanto, van construyendo toda una serie de relaciones que funcionan de manera literal, pero también figurada.


Àngel Quintana

Sílvia (Manuela Oyarzún) es una mujer pobre y solitaria que vive en una pequeña isla del Pacífico chileno. Sobrevive limpiando casas ajenas y recogiendo algas del mar en un entorno marcado por la precariedad y el aislamiento. Entre las viviendas donde trabaja, siente una extraña fascinación por una casa aparentemente abandonada, un espacio cargado de misterio que parece ocultar una herida del pasado. Un día, Sílvia arrebata un cachorro a una niña y convierte a la perra, Yuki, en el centro absoluto de su existencia: hija imaginaria, compañera afectiva y refugio emocional. A medida que la relación entre ambas se intensifica, la película adquiere un tono cada vez más inquietante y fantasmal, especialmente cuando la perra desaparece y resurgen recuerdos traumáticos de la infancia de Sílvia.

La cineasta chilena Dominga Sotomayor adapta La perra, novela de la escritora colombiana Pilar Quintana. En el libro original, ambientado en una región selvática del Pacífico colombiano, el relato explora el vacío emocional de una mujer incapaz de ser madre que desplaza sus deseos de maternidad hacia una perra. Sotomayor conserva el núcleo dramático de la novela, pero desplaza la historia hacia un territorio profundamente personal y coherente con las preocupaciones centrales de su cine. La historia de Sílvia habla de una maternidad frustrada, pero también de la soledad, de la pobreza estructural y de la dificultad de encontrar, como mujer, un lugar propio dentro de un mundo dominado por la violencia silenciosa de las relaciones sociales y familiares. Como ya sucedía en películas anteriores de la directora, el paisaje adquiere una dimensión emocional decisiva. La isla chilena no funciona únicamente como escenario, sino como una prolongación física y sensorial del estado interior de la protagonista. El viento, la humedad, el sonido constante de las olas y la sensación de aislamiento convierten el entorno en un auténtico tercer personaje.

Sotomayor establece así una relación casi telúrica entre el cuerpo de Sílvia, la naturaleza y la figura animal de Yuki. La película avanza con un tempo pausado y observacional, cercano al cine contemplativo latinoamericano contemporáneo, pero introduce en su tramo central una ruptura narrativa que transforma la isla en un espacio de desaparición y duelo. Ese vacío acaba impregnando toda la película con una dimensión espectral que recuerda, por momentos, a los paisajes emocionales de Michelangelo Antonioni en La aventura (1960), donde el paisaje se convertía también en reflejo de una ausencia imposible de cerrar. Después de haber dirigido la más convencional Limpia (2025), realizada como proyecto por encargo, Dominga Sotomayor vuelve en La perra a un cine mucho más íntimo y personal, cercano a la sensibilidad autobiográfica y emocional que definía obras como Tarde para morir joven (2018). El resultado es una película de gran densidad sensorial, donde el universo creativo de la directora alcanza una expresión más depurada.