Un año más, y ya van 65, tuvo lugar en el mes de noviembre el Festival Internacional de Cine de Tesalónica. El festival por excelencia del panorama cinematográfico griego. Lo mejor que puedo decir de esta edición es el interés que, nuevamente, despertó en la ciudad. Hasta ochenta y nueve mil entradas vendidas, con el cartel de agotadas en 164 proyecciones. Otro factor importante que han conseguido mantener a lo largo de los años, es su carácter acogedor que hace que los que llegan de fuera, sea para lo que sea, sientan una proximidad familiar, potenciada por que prácticamente todas las actividades tienen lugar en torno a la dársena principal del puerto antiguo, al que tanto partido sacó Theo Angelopoulos en sus películas.
El premio principal, que lleva su nombre, destinado hasta los segundos largometrajes de sus directores, fue para la palestina Happy Holidays de Scandar Copti, que ya fuera premiada por su guion en la sección Orizzonti de Venecia. Un segundo premio en importancia es el que se concede en la sección Meet the Neighbors, puesta en marcha en 2019, con un curioso criterio geográfico que abarca a 36 países del sudeste europeo, la cuenca mediterránea y Oriente Medio. A partir de la edición de este año, el premio, dotado con 10.000 €, como el de la Competición Internacional, ha pasado a denominarse Michel Demopoulos, quien fuera el histórico director del festival, fallecido el año pasado. El premio recayó en la película italiana coproducida por Nanni Moretti: Vittoria de Alessandro Cassigoli y Casey Kauffman.
En esta ocasión, mi presencia estuvo circunscrita a cuatro de los once días que duró el Festival. Una visión reducida, pero creo que suficiente para percibir un aire y una dirección por donde se mueve y hacia dónde va su programación. El número de películas se ha ido manteniendo similar a otras ediciones, pero mi impresión es como si cada año fuera más extensa. Mirado en detalle, puede estar provocado por un cierto eclecticismo que tiende al desbordamiento. Una de sus señas de identidad era su perfil balcánico que, entre otras actividades, se concretaban en la sección Balkan Survey, ahora reconvertida en Survey-Expanded, una ampliación geográfica que, como la sección Meet the Neighbors, al extenderse desdibuja su perfil. En este proceso de desbordamiento se han incorporado también las series, donde tuve ocasión de ver de un tirón los primeros cinco capítulos de la que ha comandado Rodrigo Sorogoyen: Los años nuevos (2024). Una interesante propuesta generacional que, especialmente, me llamó la atención por el personaje y la interpretación de la protagonista femenina: Iria Del Río.
También las dos retrospectivas de esta edición: ‘We, the Moster: Tribute’ y otra dedicada al artista multidisciplinar danés ‘Tribute to Jesper Just’ venían a reforzar esa impresión de eclecticismo. Y ya que las retrospectivas son una de las líneas que mejor definen la idea de un festival, me permitiré yo también un tributo hacia el momento que guardo como el más entrañable de este Festival, justo hace veinte años, cuando celebraba su 45 edición. En ese momento Theo Angelopoulos era su presidente y Michel Demopoulos su director. Hacía un par de años que se iba detrás de Víctor Erice para dedicarle una retrospectiva. Sorprendentemente, aceptó para ese año 2004 y se unió a otra retrospectiva que se le dedicaba a Abbas Kiarostami. En ese tiempo cada retrospectiva iba acompañada con la edición de un libro sobre el autor. Se hizo para que ambos coincidieran en la ciudad y que así pudieran conversar sobre un proyecto que tenían entre manos: la exposición/correspondencia que iba a inaugurarse el invierno del 2006 en el CCCB.
De todos aquellos momentos pasados en la ciudad recuerdo, particularmente, una cena en un sencillo restaurante cercano a la Torre Blanca, el emblema de Tesalónica. Era la primera vez que coincidían Kiarostami, Erice y Angelopoulos. El iraní era el que estaba algo más desplazado, la conversación se desarrollaba en francés y él necesitaba traducción. Angelopoulos llevaba la voz cantante y en un momento de la conversación surgió el tema de la primera imagen cinematográfica que recordaban. El que más se extendió fue Erice y lo que explicó no sabíamos entonces que sería el tema central de su pieza La Morte rouge (2006) producida para esa exposición con Kiarostami y la película que le provocó tal conmoción fue La garra escarlata (Sherlock Holmes and the Scarlet Claw, 1944). Kiarostami, más parco en palabras, explicó que ese impacto lo había sentido con la primera imagen que vio en un cine: el león de la Metro-Goldwyn-Mayer que le hizo abalanzarse, horrorizado, sobre su hermana. La experiencia que relató Angelopoulos coincidía con la de ellos dos en esa mezcla de fascinación y horror; atracción y rechazo, y como en el caso de Erice, estrechamente vinculada a la presencia de la muerte. Se trataba de la película de Michael Curtiz: Ángeles con caras sucias (Angels With Dirthy Faces, 1938) aunque, a diferencia de los otros dos, confundidos por el solapamiento entre realidad y ficción, la impresión de Theo era mucho más conceptual, y se desprendía de la carga dramática de unas sombras proyectadas sobre la pared en las que se intuía a James Cagney, conducido a la silla eléctrica, gritando “¡No quiero morir!”. En cualquier caso, como rápidamente subrayó Theo, las tres experiencias partían de películas norteamericanas.
Pere Albero











