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La película de la semana: ‘Magical Girl’

16 octubre, 2014

La película de la semana: Magical Girl, de Carlos Vermut.
Suspiros de España.
Gerard Alonso i Cassadó.

Quiso Dios
con su poder
jugar con fuego y rayos de sol
y hacer con ellos una mujer.

Madrid, 15 de marzo de 2003. Tras ver por televisión como José María Aznar, con poco disimulo, abandona su sitio junto a Durao Barroso para colocarse al lado de George Bush y aparecer así, a la izquierda del Padre, en la famosa fotografía del trío de las Azores, Rosa (Carmen Machi), La mujer sin piano (Javier Rebollo, 2009), agarra una maleta y se arroja a la enigmática noche de la capital. En su deambular sin rumbo cruza las mismas calles que años después, en Gente en sitios (Juan Cavestany, 2013), recorrerá Eva Llorach con una brecha en la cabeza hasta toparse con la descomunal bandera de España que ondea en la Plaza de Colón. La enorme enseña se mostrará ante ella borrosa, confusa. Pero esa será otra historia.

Regresemos por ahora a Rosa, que en su travesía ha aterrizado en uno de esos típicos bares madrileños en los que se reúnen los trabajadores a primerísima hora de la mañana para desayunar. Tras pedir un bocadillo de calamares y una copa de coñac, Rosa empieza a observar los carteles que abanderan la barra y que ejercen de promesa de la atractiva oferta de manjares que el local ofrece a sus clientes. En un fabuloso ejercicio de montaje intelectual, Javier Rebollo logra que la imagen del bocadillo de pimientos con bacon, la del bocadillo de morcilla de Burgos, y la de la tortilla española, le devuelvan la mirada a Rosa quien, sin razón alguna, observa su bocadillo de calamares y lo aparta a un lado con visible rechazo.

Años después, en Magical Girl, y en un bar de características muy similares, Luis (Luis Bermejo), un profesor en paro, conoce a Damián (José Sacristán), también maestro, quien ha pasado una larga temporada en la cárcel. La suya será una historia breve y acabará irremediablemente de un modo cruel. El bar adquiere entonces identidad de saloon de western, y la aspereza con la que Carlos Vermut nos muestra su duelo podría emparentar la escena con, por qué no, el cine de los hermanos Coen. Sin embargo, los Coen jamás hubiesen rodado un duelo en un castizo bar de Madrid, con la musiquita de una máquina tragaperras y la retransmisión de un futbolístico España – Portugal de categorías inferiores como única banda sonora de la tragedia.

Calamares y toros
Ambos ejemplos sirven para ilustrar cómo el cine de autor patrio ha logrado, en los últimos años, representar de un modo nada evidente, su españolidad. Una marca a veces casposa, a veces patética, pero jamás retratada desde la altivez ni el desprecio. La España de Rebollo, de Cavestany o de Vermut, es la misma España de Torrente o Carmina, pero sin la sobreexposición ni la parodia de sus rasgos. Si acaso, envuelta con un halo de pesimismo cínico. Pero hay cierta ternura, que no condescendencia, en el modo en que los citados directores la observan. Así se explica, por ejemplo, la arrebatada soflama que Oliver Zoco (Miquel Insua), un proxeneta en silla de ruedas, pronuncia en Magical Girl a favor de la Fiesta Nacional como representación artística del enfrentamiento entre razón y emoción. El personaje es tan despreciable como magnético, y su discurso, tan apasionante como los que escuchaba Clarice Starling de boca de Hannibal Lecter. Y es que más allá del chascarrillo de una Constitución Española que ejerce de perfecto escondite para la entrega de un dinero (pues nadie va a tocarla jamás), o del uso de una canción de Manolo Caracol como leit-motiv emocional de la protagonista, Magical Girl, como ocurría con Diamond Flash, o con los citados filmes de Rebollo y Cavestany, es una película espiritualmente castiza.
 
Heridas
El segundo largometraje de Carlos Vermut es un film de heridas a través de las cuales se va descarnando su drama. Y en ese sentido, ninguna herida abierta le viene mejor para encapsular a sus personajes que la crisis económica que ha desolado España en este lustro negro. Todo lo que ocurrirá después nace del capricho inicial de Luis, un parado que desea hacerle un innecesario y banal regalo a su hija enferma. Un maestro, víctima de los recortes, que no acepta que aquella clase media a la que pertenecía ya no existe. El capitalismo sigue ejerciendo de fábrica de sueños imposibles, y por ello el último deseo de su hija Alicia (Lucía Pollán) es tener el prohibitivo traje de su heroína manga favorita. Luis iniciará entonces un descenso a los infiernos para hacerle frente, de algún modo, a la crisis.

Pero la bancarrota económica no es más que el decorado en el que se mueven los personajes, del mismo modo que en Diamond Flash, Vermut aludió al robo de niños durante el tardofranquismo y la Transición en nuestro país por parte de la Iglesia para envolver el secuestro de una niña en la película, punto de partida que desencadenaba el resto de historias del film. Aquel misterioso personaje femenino, de voz amable, que gestionaba por teléfono el rapto mientras pintaba la figurita de un ángel, fue revelado como una monja-androide en la historieta que David Rubín aportó a la recopilación de cómics que acompañaban la edición en DVD de Diamond Flash haciendo si cabe más evidente la referencia histórica que Vermut había empleado en la película.

La niña de fuego
Para Vermut, España es una mujer herida, maltratada, quizás incluso con su consentimiento o por ella misma. La problemática relación que sus dos películas establecen con la violencia de género arraigan sus historias, de entrada, a una de las mayores lacras de nuestra sociedad. Desde la hospitalizada madre sin rostro de Diamond Flash, al cuerpo rajado de Bárbara (Bárbara Lennie) en Magical Girl, el director retrata a sus personajes femeninos como víctimas de un poder superior que las somete, como ese Dios todopoderoso que jugaba con fuego y rayos de sol en el conocido pasodoble. Pero el personaje de Bárbara es en este sentido apasionante, pues logra hacer de esa fragilidad arma arrojadiza para manipular las piezas del tablero a su antojo y convertirse en el verdadero demiurgo de la función. De algún modo, la lección que nos ofrece Vermut es que no hay mejor modo de sobrevivir a los contratiempos que hacer de la propia debilidad fortaleza. Una lección que, quizás, deberíamos aprender como país.

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