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La mirada empática. Editorial

24 noviembre, 2016

La mirada empática.
Carlos F. Heredero.

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El estreno de Paterson, la nueva realización de Jim Jarmusch, coloca sobre las pantallas un apasionante desafío para la exégesis crítica: ¿Cómo atrapar el pálpito poético de una película que se limita a mostrar de forma exquisitamente prosaica la vida cotidiana y rutinaria de un conductor de autobuses? ¿de dónde procede la vibración lírica de un film sustentado íntegramente sobre la repetición incesante –desprovista de todo énfasis ‘poetizador’– de las mismas actividades hogareñas, laborales y sociales de este personaje…? ¿de qué materia expresiva está hecho el sustrato poético que subyace a un relato carente de todo conflicto dramático o suspense narrativo propiamente dicho…?

Una primera clave para buscar respuestas quizás resida en la naturaleza de la poesía de William Carlos Williams, cuyo “detenimiento riguroso en lo concreto, cuando se acompaña del esforzado ejercicio de concentración y depuración”, al decir de la poeta y profesora Olga Muñoz Carrasco, le permite “extraer de la rutina el revulsivo para bloquear su acción neutralizadora”. Encontramos así algunos rasgos que, efectivamente, nos sirven también para describir la puesta en escena de Jarmusch, capaz de ‘bloquear la acción neutralizadora de la rutina’ al ser filmada ésta con ese ‘detenimiento riguroso en lo concreto’, con esa ‘concentración y depuración’ que muestran unas imágenes cuyo diapasón no abandona nunca un registro de estricto materialismo prosaico hecho de “una exigente precisión en el nombrar [en el mostrar, habría que decir aquí] con el fin de ceñirse al nítido perfil de las cosas”, para volver a las sabias palabras de Olga Muñoz Carrasco sobre la poesía de Williams [véase Caimán CdC núm. 55, pág. 18].

Y quizás nos puedan servir igualmente otras claves: las que nos proporciona el propio Jim Jarmusch en la entrevista que sigue a continuación, donde el cineasta (que también estrena este mes Gimme Danger, su particular retrato de Iggy Pop y The Stooges) nos sugiere algunas de las referencias culturales que son importantes para él, a la vez que muestra con humildad su abierta disposición para asimilar todo aquello que el proceso creativo le puede ofrecer en su permeable colaboración con los integrantes de su equipo. Una actitud, esa última, que Jarmusch transfiere a las imágenes de su película, portadoras de esa mirada empática desde la que contempla a la pareja protagonista de Paterson en su condición de ‘almas perdidas’, pero reencontradas por un cineasta que acierta a retratarlos –a ellos y a su existencia cotidiana– sin imponer desde fuera ningún tipo de juicio, idealización o metaforización.

En su depurada y límpida sencillez, en su tersa transparencia (frutos ambas de una rigurosa conquista formal), las imágenes de Paterson ofrecen un hermoso tributo a un mundo cotidiano en armonía consigo mismo, a unos personajes que podrían haber sido pasto de tópicos clichés (el obrero alienado en su trabajo rutinario, el ama de casa encerrada en su hogar), pero Jarmusch, lejos de soltarnos un sermón al respecto, nos dice que sus criaturas son capaces de transformar sus respectivas existencias en sendas e ilusionantes aventuras creativas que les permiten reencontrarse con su ‘yo interior’ para subvertir su ‘yo social’. Nos dice que “puedes elegir lo que haces en tu vida”, lo cual resulta infinitamente más transgresor que ninguna hipotética requisitoria ideológica o que ningún exaltado postureo seudoartístico. El cine, definitivamente, nos ayuda a vivir.

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