Cristina Aparicio

No hay fotografías de Rubén. O al menos él no encuentra ninguna que le haga reconocerse como parte de su familia, parte incluso de su propia historia. El primer largometraje de Jaime Lorente como realizador es una adaptación de la novela homónima de Salvador S. Molina, quién también firma el guion del film. Y no es un detalle menor o trivial: desde sus primeros compases, el asfixiante mundo que describe Molina en su obra (el calor húmedo y sofocante), así como el tono desolador y nostálgico que atraviesa todo el relato, se concretan en las imágenes, introduciendo al espectador en este universo tan particular en el que crece Rubén, el joven protagonista del relato. Las fotografías familiares, desordenadas en una caja porque el tiempo alborota y trastoca la memoria despreocupada, son un talismán que quizá podría marcar la diferencia. ¿Será esa la razón de su fantasmagórica manera de habitar los espacios? ¿O son esos espacios tan opresivos y desolados los que interfieren en la construcción de los vínculos entre padres e hijos?

En El mal hijo, los personajes viven anclados al lugar que les ha asignado la vida, víctimas de un arraigo heredado y, a su vez, resilientes de un cariño que siempre está latente. A pesar de su evidente tristeza, los destellos de esperanza encuentran la forma de atravesar puertas y ventanas (aquellas que están siempre cerradas), de relucir entre los escombros que se amontonan en casas y calles. Al llegar a su segunda mitad, la cinta se distancia de su referente literario optando por llegar más lejos en el tiempo, mostrando un futuro que en la novela tan solo se podía intuir. Es una segunda parte que apuesta por lo simbólico en lo visual, quizá porque cuando se toca fondo es cuando tiene más sentido la poesía.