Jaime Pena
Buena parte de los problemas de esta película de Daniel Hendler que ha inaugurado en estreno mundial el Festival de San Sebastián radica en esas 27 noches del título. Esas noches son el detonante de la acción, una ficcionalización de unos hechos reales, como anticipa un rótulo inicial (los rótulos son otro problema, aunque menor, como veremos), tal y cómo los relata en su libro Natalia Zito: las que ha de pasar encerrada en un centro psiquiátrico una mujer de 83 años, Martha Hoffman (Marilú Marini, sin duda lo mejor de la función), bailarina en su juventud, coleccionista de arte y mecenas muy excéntrica, razón por la cual, ante el peligro de que dilapide su fortuna, sus dos hijas la internan con múltiples artimañas médicas, luchando por que sea declarada no responsable de sus actos.
Así, 27 noches vuelve una y otra vez a esas 27 noches, no para aclarar nada que contribuya a resolver el enigma que, en forma de diagnóstico imparcial, la película plantea, sino para construir algo así como la película dentro de la película, una historia de pacientes encantadores y amorosos y de las relaciones de amistad que con ellos teje nuestra Martha. La parte del presente, por el contrario, es mucho más interesante. Ahí es donde nos encontramos ahora a Casares, el perito que interpreta Hendler y que ha de diagnosticar a Martha a partir de una serie de encuentros que se resisten a adquirir un tono lo suficientemente serio o con algún valor médico. Como buena comedia, más que Casares diagnosticando a Martha, lo que nos encontramos es a Martha analizando a Casares y desvelando todas sus neurosis e inseguridades. Es un arquetipo de personaje masculino de comedia, el que solía interpretar un Cary Grant, salvando todas las distancias, aunque aquí menos torpe y patoso y más introvertido, más impasible en el fondo (algo Buster Keaton), pero alguien que siempre se deja arrastrar por un personaje femenino que lo sabe llevar por donde quiere, por más que no haya ningún atisbo de relación sentimental entre ambos, al fin y al cabo esta es una película un tanto acomodaticia que teme la transgresión y que se parece más a Casares que a Martha.
Y es así cómo 27 noches tiende a bascular durante todo el metraje entre opuestos, entre la producción independiente de La Unión de los Ríos y los compromisos con Netflix, pero también entre una renuncia clara y sin ambages al sentimentalismo y el populismo de ese rótulo final que pretende (la futura ley que ahora impide casos como el de la Martha de la vida real), de algún modo, elevar la película a una categoría (política) de film ejemplar (a lo Argentina, 1985, pero con pretensiones más modestas) que, por suerte, no está en los genes de la apuesta de Hendler (o de unos guionistas entre los que se encuentra como adaptador el mismísimo Mariano Llinás).











