Felipe Gómez Pinto

Dentro de La condición femenina (1974), Natalia Ginzburg expone que cuando una mujer no cuida a sus hijos siente culpa y cuando lo hace siente inquietud y ansiedad; un tormentoso cúmulo de sentimientos que le dan la impresión de que nunca más tendrá paz y que nunca más será libre. Esta ambivalencia se expande en el histórico debate sobre la maternidad puesto que, en palabras de la propia Ginzburg, ser madre es una condición sentimental que no se asemeja a ninguna otra. Los lazos oscuros y viscerales que mantiene una mujer cuando está cerca de su hijo son lo contrario a la claridad y la libertad. Bajo estas premisas, ¿Es posible habitar este estado de ambivalencia desde la ausencia y la perdida? Romane Bohringer cree que sí y precisamente por ello confronta este interrogante en su personalísimo proyecto de reconstrucción autobiográfica. Su propuesta nace de una ausencia ajena, la de la política, escritora y periodista Clémentine Autain y su libro Dites-lui que je laime, en el que a su vez habla del desarraigo y el desamparo emocional de la autora al no poder tener un vínculo mayor con su madre fallecida prematuramente. Serán estas coordenadas de aflicción, incluso de resentimiento, las que generen en Bohringer una toma de consciencia en torno a la historia de su madre, pero, sobre todo, en torno a su propia genealogía y su experiencia como hija.

De este modo, se iniciará un relato en primera persona en el que la experiencia compartida con Autain será el acicate necesario para superar el miedo al abandono y los traumas de la infancia. Por medio de la combinación de varios formatos (el trillado testimonio documental, el archivo o las reconstrucciones ficcionales), se recrea un espacio terapéutico, que es el verdadero motor de la narración, para poder llegar al objetivo real de la película: la dolorosa y silenciada historia de su madre. Una niña cuya infancia se vio atravesada por los abusos y el abandono en medio del proceso de descolonización en la antigua Indochina. Si bien esta desafección tiende en exceso al efectismo melodramático y superficial, la intimidad que se revela es de una gran generosidad y, a pesar de que la mezcla de tonos sea caprichosa e inconexa, el documental llega a la reconciliación familiar de una manera tan noble como torpe.