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Carlos F. Heredero.

El concepto empieza a ser cada día más difícil de acotar. Y no digamos ya nada si pretendemos aplicarlo al cine que surge, desde muy diferentes plataformas de producción, en Estados Unidos, porque –en definitiva– ¿de qué estamos hablando cuando hablamos del cine independiente americano?, según la frase retórica y siempre pertinente que tanto le gusta a nuestro compañero Santos Zunzunegui. ¿Hablamos de David Fincher, Paul Thomas Anderson, Terrence Malick, Quentin Tarantino y demás cineastas que, cual funambulistas, trabajan con un pie dentro del sistema y con otro fuera…?, ¿hablamos de outsiders más vocacionales como David Lynch y Abel Ferrara?, ¿o nos ajustamos al canon de Scott McDonald para restringir el abanico a los Abigail Child, Alan Berliner o Peggy Ahwesh? ¿Nos queremos referir a los actuales muñidores del mumblecore, tipo Andrew Bujalski y John Swanberg? ¿Nos quedamos entre los cachorros de Sundance o regresamos al territorio de Jim Jarmusch y demás colegas de extracción neoyorquina?, y así sucesivamente, porque también se podrían hacer muchas otras preguntas.

Los dos estrenos más relevantes de este verano (Paranoid Park y Enemigos públicos) ejemplifican ya, por sí mismos, la distancia que existe entre una producción casi maverick, filmada con la heterodoxa cámara de Christopher Doyle al margen por completo de la gran industria, y otra que debe recurrir a las grandes estrellas del sistema (Johnny Depp, Christian Bale), y también a los grandes presupuestos de una major, para poder desplegar una novedosa reformulación visual del gansterismo histórico mediante la vanguardista cámara digital de Dante Spinotti. Y eso que nadie en su sano juicio se atrevería a negar la independencia creativa que tanto Gus Van Sant como Michael Mann demuestran en ambas propuestas. Entre una y otra película, a la izquierda y a la derecha de ambos modelos, por arriba y por abajo, circulan a su vez muchos otros, de tal manera que el paisaje se hace complejo y heterogéneo.

De ahí la dificultad para cartografiar el territorio y de ahí también, en consecuencia, nuestro modesto intento de ofrecer una pequeña brújula para transitar por él, de manera que se puedan distinguir ciertos indicadores para no confundirnos entre tantos y tan diferentes modelos de independencia. Frente a la creciente estandarización de la producción mainstream y contra la tentación, siempre tan gratificante y tan autosatisfecha, de colocarnos a ras de la oferta más dilettante para condescender con ella en amigable colegueo, sólo cabe reafirmar nuestra determinación de seguir trabajando desde una perspectiva independiente, sí, pero también reflexiva y distante, capaz de ofrecer un juicio no dogmático que genere libertad de elección y elementos para pensar críticamente a despecho de dos peligros simétricos: el del elitismo que se automargina y el de un conformismo de nuevo cuño.

El camino nos lo señalan, en estas mismas páginas, Gus Van Sant y Michael Mann, desde luego, pero también Lars Von Trier, Theo Angelopoulos, Javier Rebollo, Yervant Gianikian / Angela Ricci Lucchi y, por supuesto, Jean Rouch, faro luminoso de verdadera independencia.