Carlos Losilla
El lenguaje que inventó Pietro Marcello en Martin Eden (2019) estaba hecho de diversos materiales y daba lugar a un film enérgico, lleno de fuerza, que transitaba de la ficción de inspiración literaria al found footage con emotiva musicalidad. Y que abordaba la cuestión del tiempo desde una complejidad inaudita: el uso del anacronismo y el cruce entre pasado y presente no se limitaba a un alarde acrobático, sino que daba lugar a un tercer tiempo en el que el pasado se convertía poco a poco en presente e incluso permitía atisbar un posible futuro a modo de territorio utópico de la imagen. Marcello continuó con estas investigaciones en L’Envol (2022), un musical que mezclaba a Jacques Demy con la fábula antropológica para crear varios relatos ‘agujereados’, nunca culminados, en perpetua relación abierta entre uno y otro. Pues bien, siguiendo esa línea, Duse supone a la vez una culminación y un desengaño: toda aquella turbulencia acaba un tanto diluida, casi disuelta, en este extraño biopic sobre Eleonora Duse, en esta recreación de sus últimos tiempos, que se mueve sin demasiado tino entre lo convencional y lo excesivo, entre el teatro de marionetas y D’Annunzio, entre la fabulación política y la reflexión sobre el teatro.
La presencia de Valeria Bruni Tedeschi en el papel de la Duse parece decisiva, pues no se limita a otorgar al personaje una intensidad fuera de control que acaba devorándolo, sino que también afecta a la propia película, la convierte en un fresco deshilachado que gira única y exclusivamente a su alrededor, por mucho que intente dispersarse en otros personajes, desde su hija (Noémie Merlant en un personaje por completo desaprovechado) hasta el mismísimo Mussolini (ídem). Y la utilización, otra vez, de fragmentos documentales resulta mucho más convencional que en Martin Eden, simplemente ilustrativa y, en más de una ocasión, incluso confusa y exhibicionista. Duse es una película sobre el teatro, decíamos, y es en ese punto donde sabe jugar sus mejores cartas: todo es una ficción exagerada, desde la vida de la actriz hasta la propia Italia, vista como un país siempre en convulsión, recién salido de la Primera Guerra Mundial y dirigiéndose hacia el fascismo a pasos agigantados, con el episodio de la ocupación de Fiume como punto de inflexión decisivo (tal como se cuenta también en Fiume o morte!, de Igor Bezinovic, desde otro punto de vista). Marcello narra esa crónica histórica adicional a trompicones, demasiado pendiente de un barroquismo impostado que no llega a nada, y se olvida de profundizar en lo que más le ha interesado siempre, la Historia como un acontecer atropellado, como un relato sin estructura, como una serie de acontecimientos conectados por pavorosos e inexplicables vacíos. Aun así, este punto de vista aparece de vez en cuando y permite que Duse se proyecte hacia el futuro: en el fondo, como sucede en Dos fiscales de Sergei Loznitsa, también a competición en Seminci, esta película habla de nuestro tiempo.











