Cristina Aparicio

Ordenar el cuarto, ordenar la cabeza, ordenar la vida. Una lista de tres objetivos es el arranque de The Son and the Sea, la ópera prima de Stroma Cairns. A esta declaración de intenciones le sigue un montaje acelerado de imágenes que muestran el momento vital en el que se encuentra Jonah (Jonah West): una caótica y desnortada juventud de desfase y vicios varios. En los primeros compases del film estas imágenes volverán a irrumpir en la narración, momentos fugaces que acompañan los instantes en que Jonah se queda absorto en sus pensamientos. Es una solución visual que traslada a la pantalla la falta de paz y el desorden que asedian al joven protagonista. Esa es la cuestión que subyace en The Son and the Sea: cómo lidiar con la existencia. Ya sea una huida hacia adelante o un plan estructurado a largo plazo, vivir se convierte en una carrera de fondo donde la toma de decisiones y lo que sucede entorno a ello necesitan encontrar el equilibrio. Para abordar esta profunda cuestión, Cairns establece un interesante paralelismo entre las realidades tan distintas en las que se encuentran, por un lado, Jonah y su amigo Lee y, por otro, los hermanos que ambos conocen en su escapada a la costa. El encuentro abre un diálogo dificultado por la sordera de Charlie, una condición que no impide la empatía o el reconocimiento. Hay en estas parejas un hermanamiento en la forma en que afrontan las tragedias. Lo que en un primer momento se trazó como huida, a medida que avanza el film se rebela como verdadero discernimiento. Los flashes van desapareciendo dentro de la narración mientras el ruido parece ir bajando decibelios. Al final, poco importa el caos reinante cuando hay quien te acompañe por el camino.