Felipe Rodríguez Torres
Una bruma entre el romanticismo y lo onírico inunda los primeros compases del metraje en escala de grises de Growing Down, el primer largometraje del director húngaro Bálint Dániel Sós. Un creador audiovisual curtido en el campo del spot publicitario, algo que se demuestra en su hierática y casi bauhausiana composición del plano. Un espacio que a la vez aísla y abruma a unos personajes cuyo centro neurálgico son un padre y un hijo que deben lidiar con el fantasma de una pareja/madre fallecida por una enfermedad y la dificultad de conciliar la familia del pasado con una nueva en el presente. Una sombra que les atenaza, en especial al hijo protagonista, al cual la cámara no deja de perseguir a lo largo del metraje, tan aislado en el espacio como en el cuadro sonoro de la cinta, sobre todo en sus primeras secuencias.
Un clima de tragedia inminente que acaba estallando en el momento más inesperado y que aparenta acercarse temática y, en algunos aspectos, formalmente a Tenemos que hablar de Kevin (2011), la poderosa y estremecedora cinta de la cineasta Lynne Ramsay. Un trampantojo narrativo y argumental que parece derivar la cinta a terrenos aparentemente ya conocidos, pero que a medida que avanza -aunque con algunos baches y elementos efectistas por el camino- lleva su metraje a temáticas complejas y dolorosas que nos hablan del precio de las mentiras o la herencia del germen de la violencia, tanto educacional como genética. Un sinfín de elementos reforzados por un elegante y formalista uso del blanco y negro acerado que no llega a alcanzar en ningún momento el paroxismo, pero que nos permite vislumbrar a un prometedor cineasta que se acerca, pero nunca se sumerge, en los terrenos del cine de la crueldad.











