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La última película de Manuel Martín Cuenca es la historia de una búsqueda, pero sobre todo la crónica de una insistencia: la de un personaje femenino, una adolescente, que quiere volver a hablar con su padre, separado del grupo familiar desde hace algún tiempo por razones que ella no llega a entender del todo. Andrea convive con su madre y sus hermanos pequeños, a los que cada día va a recoger a la escuela y da de cenar. También tiene un amigo con el que se lleva especialmente bien. Y, en fin, vive en Cádiz, con lo que ello supone: la luminosidad, la playa, el mar, esas calles blancas e intrincadas que acaban de dar forma a la película. Martín Cuenca combina estos pocos elementos para seguir a Andrea en su obsesión, para detallar su itinerario, que tiene lugar en una ciudad que es a la vez su cartografía vital. Por un lado, esa sencillez da forma a una película que combina la observación y el hálito poético con habilidad, al parecer filmada en orden cronológico sin que los actores conocieran el guion. Por otro, hay un cierto automatismo en esa deriva, de manera que la puesta en escena se hace un tanto mecánica y previsible a medida que avanza, como si el film estuviera tan pensado de antemano que ello impidiera la explosión definitiva de la espontaneidad que con tanto ahínco se persigue. La tensión entre ambas fuerzas vectoras, contradictorias, se convierte inesperadamente en la razón de ser de la película, y el resultado no deja de ser un experimento sorprendente: la terca voluntad de Andrea es también la de Martín Cuenca, empeñado en encajar una historia de iniciación en un documento casi antropológico con las consiguientes desigualdades orográficas, incluido el misterioso, enigmático dibujo de su protagonista, una más entre las criaturas hurañas e inadaptadas –en distintos grados– que pueblan la filmografía de su autor. Carlos Losilla