Eulàlia Iglesias

La primera película de la directora checa Zuzana Kirchnerová, Karavan, presentada en Un Certain Regard, conecta inevitablemente con Qui brille au combat de Joséphine Japy, vista en Sesiones especiales. Nos encontramos ante otro retrato de la experiencia de convivir con un menor con discapacidad intelectual inspirado en la propia vida de la cineasta, que aquí se proyecta en Ester (Ana Geislerova), una madre en la cuarentena y su hijo, David (David Vodstrcil), un muchacho no verbal. Ambos filmes también comparten la voluntad de representar esta cuestión desde lo íntimo más que desde lo social, sin estigmatizar a los menores dependientes y dejando atrás tanto el dramatismo como la conmiseración por las respectivas madres. Pero, si la película de Japy se sitúa en un entorno privilegiado y se articula desde esa elegancia sobria y la estabilidad que se le suponen a una cierta clase social, Karavan en cambio es un film mucho más a flor de piel que transcurre por los márgenes de la sociedad, el lugar al que en cierta manera se condena a esta madre con situación económica precaria con un chaval que no se comporta según las normas sociales.

Reconocida con el primer premio de la Cinéfondation en 2009 por su corto Bába, Kirchnerová confiesa la influencia del cine de Agnès Varda y sobre todo de Sin techo ni ley (1985) en su primer largo. Tras un intento frustrado de pasar las vacaciones en casa de unos amigos que finalmente la ‘invitan’ a instalarse en la caravana del jardín para que su hijo David no les moleste con su comportamiento disruptivo, Ester emprende un viaje errante con su muchacho por el sur de Italia, un trayecto en que se les une otra mujer checa más joven, Zuza (Juliana Brutovska). Karavan dibuja así la formación de una familia alternativa que sale adelante a base de trabajos precarios y apoyo mutuo. Por el camino, la película se mueve por la trastienda rural del sur de Italia, un paisaje natural y social alejado de las imágenes de postal propias de este país. Kirchnerová apunta a esta posibilidad de una vida alternativa sin romantizarla: la precariedad y la falta real de soporte para Ester y David complica inevitablemente las cosas. La película no deja de transmitir una cierta luminosidad a través de esta experiencia de la vida más espontánea y cotidiana: las interacciones con los chicos del lugar en la playa, el goce sexual de Ester en sus relaciones esporádicas, la conexión inesperada aunque frágil entre las dos mujeres… El tramo final responde a un recurso un tanto desgastado en estos escenarios, el de la desaparición del joven protagonista que desemboca en un reencuentro catártico. Pero Karavan apunta a una directora con sentido y sensibilidad en el retrato de una mujer errante y una experiencia alternativa de la maternidad.